La normalidad de Jorge Volpi

 

Ayer en México fue un día difícil. Bueno no es cierto, fue un gran día, sábado de Gloria (lo nominó Juan Villoro). El triunfo de la selección nacional frente al equipo de Corea en el mundial, nos catapultó hasta al primer lugar de grupo y se desató la alegría colectiva. Además coincidió con el Pride y sus múltiples marchas y celebraciones. París era una fiesta, digo México. Una fiesta que concentró toda la atención de todos en dichos acontecimientos festivos, o por lo menos difuminó otras tantas cosas que sucedieron.

Ya hoy con la calma que implica la cotidianidad (y la maldita cruda que me tiene prácticamente inmovilizado), me doy cuenta que la editorial de ayer de Jorge Volpi en periódico Reforma fue respecto a su novela documental y sobre el sistema de justicia.

Hoy escribo brevemente sobre eso puesto que hace dos semanas realicé una no reseña sobre la no novela de Volpi, y, sinceramente, porque quiero. Porque mi blog antes que ser un espacio sobre abogados, es un espacio mío, que puedo utilizar limitadamente como trinchera para decir lo que pienso y tratar de influir dentro de mi campo social.

Una de mis principales quejas con la Novela criminal de Volpi (¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡la cual hoy descubro fue pensada para seducir a los lectores de ficción pero no para los lectores de ficción que conocen el sistema de justicia en México!!!!!!!!!!, mea culpa), fue precisamente eso de novelar, o documentar, un caso real. O sea, al final por más que queramos construir un relato a partir de hechos reales, tal relato se erige por medio de una determinada selección de actores, hechos, y perspectivas sesgadas, que inevitablemente son filtradas a discreción. De nueva cuenta, no es posmodernidad, ni posverdad…, es entender que la objetividad es mucho más compleja, que en el arte las creaciones literarias no son asépticas.

A ver, no estoy peleado con la idea de la novela documental, ejemplifiqué las obras de Javier Cercas y Emmanuel Carrère como trabajos precisos y fuera de serie, pero la diferencia con el texto de Volpi es que quizá él no se centró solamente en relatar la historia de UN solo personaje, sino (ahora descubro) de poner en evidencia el lúgubre sistema de justicia en el país.

De ahí que utilicé el término chismógrafo, es decir la no novela, para quienes estamos en el medio, se puede leer como un documento recopilatorio de la opinión de Volpi sobre múltiples abogados y actores políticos en México. De ahí también que cuando uno está en el medio, y conoce a ciertos personajes y actores involucrados, sabe que algunas cosas no bastas, o simplemente no coinciden con la realidad.

El ejemplo específico fue con Jorge Ordóñez. Quienes tenemos la fortuna de conocerlo sabemos de su profesionalismo, sabemos que además de ser un gran abogado es una gran persona, que difícilmente dependió de él lo aducido en la novela. De ahí entonces, y sumado a otros varios detalles, la verdad ya no es tan verdad, o más bien la novela de no ficción, al final no es tan novela de no ficción.

En todo caso, yo me quedé pensando, si Volpi entrevistó a Jorge para su proyecto, si le preguntó directamente a él, o si acaso contrastó varias fuentes de un hecho tan relevante no solo en el desarrolló del caso sino también para la posterior construcción de la novela…

En cualquier caso, es valiente y sorprendente lo que escribió el ganador del premio Alfaguara en su columna semanal. Valiente porque acepta su error y trata de reivindicar los hechos que él mismo endilga a Ordóñez. Sorprendente, porque entonces qué hacemos con su no ficción… ¡ESTO ES COMO INCEPTION! No, no, no, mejor aun, esto es como que Volpi en una novela de no ficción, ficciona algo, hace un montaje, ¡justo como hizo García Luna con el primer montaje de Florence Cassez e Israel Vallarta!. Un montaje del montaje.

Lo que me queda la duda es si se va a modificar la novela de Volpi, digo la no novela de Volpi, en la siguientes reimpresiones, o en las versiones on line. O si se va a incluir como epílogo esta editorial… ¿Se irá Volpi a adentrar en quién filtró el proyecto? ¿Lo eliminará, lo dejará pasar? ¿O cambiará el curso de la historia? Digo este evento, y algún otro… La implicaciones podrían rebasar la realidad, e incluso tal vez modificarla…, chingado siento que al final estoy viendo un capítulo de Rick and Morty. Un capítulo en el que en un universo en el que una novela, digo una no novela, sobre una historia real, tiene que ser modificada porque a su vez alteró la realidad.

Sinceramente agradezco que Volpi no escribió una no ficción sobre Caperucita. En fin, siento que al seguir hablando de la novela de Volpi, digo de la no novela de Volpi, resulta contraproducente pues se le hace más promoción. Nada más errado, o sea, reitero que cada quién lea lo que quiera, o en todo caso si te gusta la ficción y eres abogado y conoces lo mal que está el sistema este libro no es para ti, limítate mejor a tratar de transformar y mejorar el sistema… Justo, como algunos de los personajes de la no novela. Ordóñez incluido.

Dejo la columna de opinión sobre la que escribo…. Y, como siempre, subrayo las ideas que me resultaron más interesantes para el tema de este blog, que es el de los abogados.


La normalidad

Si algo misterioso tiene la escritura de una novela es que con frecuencia ni siquiera el autor mismo adivina sus alcances. Con una novela sin ficción, donde los personajes en realidad son personas, con sus propias vidas, destinos y creencias, el descontrol se recrudece. Han pasado tres meses desde que publiqué Una novela criminal, el libro en el que pretendí contar, usando las armas de la literatura, la historia verídica de Florence Cassez e Israel Vallarta, y solo ahora he empezado a columbrar el sentido de sus páginas. Cuando inicié el recorrido por esta historia tan inverosímil como real, mi meta era contar de la mejor manera posible una trama con todos los ingredientes para seducir a un lector de ficción; poco a poco caí en la cuenta de que el tema central del libro era otro, más extenso y doloroso: un retrato de México, de lo peor de México -su sistema de justicia-, a través de un caso que me parecía excepcional.

Tres meses después, reviso este juicio. Sin duda el caso se volvió excepcional, pero en sus inicios no lo era. Volvamos por un segundo a aquel 9 de diciembre de 2005, cuando los dos principales noticieros de la televisión anuncian que transmitirán en vivo la captura de unos peligrosos secuestradores: ¿por qué ese día nadie nota las incongruencias de la grabación?, ¿por qué ninguno de los periodistas que llegan a Las Chinitas observa irregularidad alguna? Porque todo lo que ocurrió en ese “rancho” en las afueras de la capital era normal. Era -y es- normal que la policía detuviera a presuntos criminales un día y los presentara al siguiente; era -y es- normal que sembrara armas y pruebas; era -y es- normal que presionara a las víctimas; era -y es- normal que inventase testigos.

Lo que no vimos o apenas atisbamos ese día, también era normal: la complicidad entre los medios y el poder, la tortura, la falsificación de los hechos, la destrucción de la verdad. Mientras escribía este libro ocurría el caso Ayotzinapa: otro ejemplo de torturas e ineficacia, de intromisiones políticas y destrucción de los hechos, como acaba de demostrar una arriesgada sentencia judicial. El reportaje de Animal Político publicado en estos días, “Matar en México”, comprueba lo mismo: 9 de cada 10 homicidios quedan impunes. Nuestra justicia simplemente no existe.

En aras de esa justicia reconozco, aquí, un error mío: una fuente que se reveló errada me llevó a escribir que quien le mostró la sentencia del ministro Arturo Zaldívar al abogado Miguel Carbonell, poco antes de que se hiciera pública, fue el abogado Jorge Ordóñez, entonces secretario de la ministra Olga Sánchez Cordero. Ahora sé que no fue él: lamento profundamente la falsa atribución.

En estos tres meses he sido acusado -lo esperaba- de defender a criminales. Mis detractores repiten la misma mentira: que el montaje de García Luna no implica que Florence e Israel sean inocentes. Y claman, en teoría, por las víctimas. No me sorprende que varios implicados en el caso lo hagan, ni tampoco periodistas asociados con el gobierno, sino voces que se pretenden críticas. Sorprende que defiendan al gobierno y a un sistema que violó los derechos tanto de los presuntos criminales como de esas víctimas, haciendo imposible desentrañar la verdad. Y sorprende aún más que tomen posiciones propias de la ultraderecha: no asumir que incluso los criminales tienen derechos los emparienta con Bush Jr. o con Trump. No: Florence no fue liberada por un pequeño error en su proceso, por la falta de asistencia consular o por el mero montaje: lo fue porque los encargados de buscar la verdad la destruyeron por completo.

Florence es inocente porque nuestra legislación recoge, al fin, la presunción de inocencia. El único culpable de que no haya justicia, ni para ella ni para Israel Vallarta y su familia, ni para las víctimas que los acusan, es el Estado. En estas semanas, Israel fue trasladado arbitrariamente de El Altiplano a Puente Grande, en Jalisco, otra cárcel de máxima seguridad, lo cual retrasará aún más su proceso. Como él, hoy en México todos somos ciudadanos a medias: víctimas potenciales de un sistema de justicia tan corrupto como ineficaz.

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Viñeta sobre abogados y fútbol

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Mi cliente mantiene que no fue mano


Viñetas sobre abogados.

A propósito de Una novela criminal de Jorge Volpi. O Florence (Cassez) + The Machine, una reseña criminal

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Primero, una advertencia (se puede omitir si el interés radica en la novela de Volpi).

Hace años realicé en este blog una reseña de la novela Justicia de Gerardo Laveaga. Lo escribí, como muchas veces escribo mis entradas domingueras para este blog, de forma más bien intuitiva, sin que me cueste el tiempo que me cuesta escribir en otros espacios, podría decir, incluso, de forma un tanto apresurada, recuerdo que no tardé más de una hora en terminar. La reseña, en la cual claramente reflejo mi disgusto por lo ficcionado por Laveaga, se compartió en redes, llegando a las manos de un querido amigo que me ofreció publicarla en una revista estudiantil de una escuela de Derecho de Guanajuato. Afiné un poco el texto (nada del otro mundo, quitando algunas ironías y referencias innecesarias pero sustancialmente manteniendo la idea de que me parecía una mala novela) y meses después vio luz la reseña. Como, por lo general, suelo hacer con cualquier texto de mi autoría que se publique en algún medio impreso con ISBN, lo escaneó y lo subo a la plataforma de Academia, simple y sencillamente, para tener registro y, a manera de archivo, organizar un poco lo que he escrito a lo largo del tiempo.

El texto fue un éxito en dicha plataforma, superando con creces en descargas a cualquier otro pinche paper, artículo de revista, sesudo texto que me he tardado en escribir más de seis meses…, con decir que dejó muy por detrás a la entrevista que le realicé a Manuel Atienza, creo que se puede tener una idea. No entendía por qué, hasta que un día descubrí que extrañamente todas las descargas provenían de una zona específica del país, al indagar en esto, y visualizar los motivos que exige Academia para descargar algún texto publicado ahí, descubrí que en alguna escuela de Derecho en la clase de Introducción al Estudio del Derecho, semestre tras semestre, un profesor les pide a sus alumnos que lean la novela de tarea y hagan una reseña sobre la misma. Las justificaciones para bajar mi reseña son divertidísimas desde “el libro está muy caro”, hasta “el profesor me va a reprobar” o un sincero “no voy a leer algo tan largo”.

El texto se compartió al grado que llegó a manos del autor, quien a través de un tuit, según recuerdo, me decía que la literatura era cuestión de gustos. Ahora mismo busco el tuit y veo que profe Xopa entró a mediar, para descubrir que al final, tal parece que Laveaga sí se lo tomo a mal pues borró el tuit y, de paso, también me dio unfollow. Todo bien, no pasa nada, sin rencores.

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Dicho esto, y pensando en las implicaciones y la responsabilidad que conlleva publicar, o más bien que un texto por azares del destino llegue a ciertos lectores, bien vale la pena decir que lo que a continuación escribo no es, propiamente, una reseña sino un montón de proyecciones personales articuladas después de reventarme las casi 500 páginas de la novela de Volpi, de la profesión que ejerzo, del conocimiento del caso, y del escaso bagaje literario que pueda llegar a tener.

En ese sentido, antes que servir para orientar a un potencial lector sobre la novela en cuestión, lo ideal sería que se leyera la novela y se compartan diferentes opiniones sobre la misma, para así juzgar desde diferentes ópticas. Eso precisamente fue lo que pasó con Justicia de Laveaga, fuera de él, dentro de mis conocidos en el gremio, no conozco a nadie que la haya leído, pero sí conozco a gente que dice que no va a leer la novela porque leyó mi reseña…, nada más errado. Lo que aquí plasme, no tiene algún tipo de autoridad de cualquier índole para influir al respecto. Cada quién que lea lo que quiera, más allá de sus filias y sus fobias. Lo que a continuación escribo lo hago más que por emitir un juicio simplemente por la necesidad de expresar lo que me generó su lectura, porque quiero y porque creo que si se escribe una novela (que además fue laureada) sobre un afamado caso jurídico de mi país, tengo que leerla, porque me gusta leer y porque tengo el tiempo en estos momentos, vamos que se juntó el hambre con las ganas de comer, pero por favor relajémonos, lo de pisar callos, tomarse las críticas de manera personal, como afrentas, como si el ego fuera quien dictara los parámetros del éxito es una idea tan errónea como vacua. Justo ayer intercambiaba mensajes con una colega que refería una patética anécdota sobre andarse con cuidado en el gremio por incomodar a algunos a partir de un texto académico de su autoría. No va por ahí, de verdad, el gremio abogadil, destella un absurdo profesionalismo basado en una constante ejercicio de relaciones públicas, vayamos desterrando estas ideas y podamos enfrentarnos, carearnos y criticarnos a partir de un ejercicio que pueda develar nuestras verdaderas intenciones por auxiliarnos los unos a los otros. No sé si sea algo exclusivo de quienes ejercemos el Derecho o, por el contrario, es algo propio de nuestra condición humana, pero en definitiva los celos, la egolatría y las presunciones se acentúan cuando se realiza algún ejercicio crítico dentro de la profesión.

Después de todo este rollo he de decir que Una novela criminal no me gustó, que más bien me parece una novela que no es una novela, una novela mala, por no decir indebida.

(Aquí comienzo a escribir sobre la novela)

La novela de Volpi trata sobre un caso judicial, y desde sus primeras páginas advierte que será una novela documental, o una novela sin ficción, ok, va. Pero, si esto es así, su lectura me da la impresión que parece una especie de cuarta instancia del caso de Cassez o un mero chismógrafo jurídico. Lejos, pero bastante lejos de A sangre fría de Capote, o recientemente de Cercas y Carreré con El adversario y El Impostor, respectivamente, se sitúa este proyecto. Lo digo porque no hay que olvidar que ganó el Premio Alfaguara de novela 2018, otorgado por un jurado presidido por Fernando Savater, quien a su vez el año pasado fue homenajeado en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara por un conjunto de autores entre los que se encontraba Jorge Volpi (algo más bien autopoiético, en terminología de Maturana y Varela). Un premio que, preponderantemente, han ganado grandes novelas, novelas a secas, ficciones, composiciones que puedan despertar en sus lectores la imaginación y sobre eso construir nuevos escenarios y transformar la realidad, tan lúgubre y básica que difícilmente resulta tolerable. Para el caso de México un premio que solo han ganado Elenita Poniatowska y Xavier Velasco. Más allá de política literaria y de lo difícil que resulta la credibilidad de ciertos galardones, mi problema es con la estructura de la novela. Es decir, cuando leo, me gusta leer para suponer y vislumbrar alternativas y posibilidades, para vivir otras vidas, y llenar los vacíos y las insuficiencias de la cotidianidad, si quisiera sumergirme en la rutina, y más como abogado, pues de lo que se trata es de eso, de tomar otro expediente, estudiarlo, organizarlo, armar sus estructuras y tratar de indagar lo más que se pueda al respecto. Pues nada, eso es lo que hace Volpi, aprovechando su formación como jurista (de la cual ya he hablado en este blog), este dedica los últimos tres años de su vida a organizar no diría uno de los casos más complejo en la historia jurídica del México contemporáneo pero sí uno de los más politizados y mediatizados.

Si seguimos la idea de la novela documental o la novela sin ficción, en lo personal encuentro varias inconsistencias, veamos, varias cosas que por amigos y por personas cercanas al caso sé que no sucedieron así, me consta. La verdad es parcial, nada de posverdades, ni mucho menos, al final, la selección de voces que elige Volpi para estructurar su documento ineludiblemente resulta sesgada, y esto no es malo es simplemente saber de las limitantes que conlleva mezclar un par de disciplinas como el Derecho y la literatura.

Ahora bien, sinceramente yo no quería leer la novela (tengo una pila de ensayos y novelas pendientes que sospecho nunca iniciaré) pero había que leer la novela, digo la no novela, la novela sin ficción. Gana el morbo y resulta pintoresco encontrarte en las páginas de una novela, digo de un texto que no es una novela sino una novela sin ficción, a profesores, amigos, jueces, periodistas, colegas… Así, uno descubre un conglomerado en el que aparecen no solo muchos de los actores relevantes de los últimos años en el escenario jurídico-político sino también personajes tan aleatorios como determinantes para el devenir de lo relatado, con decir que aparece hasta la mamá del ministro de la Suprema Corte José Ramón Cossío, o también Luigi Ferrajoli.

Screen Shot 2018-06-11 at 1.25.08 PM.pngSí, la verdad es que está bien. No está mal esbozar a través muchas páginas perfiles de personas y de personajes que conoces de lejos o de cerca, pero que conoces. Las partes de la insufrible Isabel Miranda de Wallace, del patético de Carlos Alazraki, las grillas entre los ministros de la Suprema, la desesperación de los involucrados, la fantochería de los magistrados, las sorprendente actuaciones (para bien y para mal) de diversos periodistas (no me refiero a Loret), los claroscuros de Vallarta, la justicia selectiva y clasista, los vínculos relacionales entre quienes ocupan los puestos de poder, el duelo de egos entre Calderón y Sarkozy, la influencia que tenía García Luna, los abogados siendo abogados, los policías siendo policías, la astucia de Carbonell, el papel de los jerarcas de la Iglesia católica, la decisión de Héctor de Mauleón para escribir sobre el caso después de empinarse una botella de Glenlivet, la connivencia de Guadalupe Loaeza, el consejo de Claudio Grossman que se torna crucial para el final de caso…, pero, de nueva cuenta, está bien, sin embargo me sabe a poco. Vamos, demasiada realidad termina incluso por hacer desconfiar de la misma. O por propulsar una parte de la misma y ocultar otra.

Hay partes muy tediosas, partes de interrogatorios, que quizá era la intención del autor…, generar ese sentimiento de desasosiego, de cierta desesperación que muchas veces implica el ejercicio del Derecho y la impartición de justicia, insisto, y ahora caigo en cuenta y rectifico, la novela no es que sea mala, es que no es una novela, se me olvida que más bien es una novela sin ficción.

A ver, me vuelvo a excusar, para alguien que se dedica de tiempo completo al Derecho, en específico, a estudiar el Derecho, pues no hay mucha diferencia de revisar una tesis de alguno de mis mejores alumnos, o bien organizar un paper o realizar un estudio de caso, que leer Una novela criminal. Volpi evoca a El proceso de Kafka (¡cómo no hacerlo!) para encontrar un símil en su relato. Mmmmmmm no sé, o (ZzzZzzZzzzzzZ)sea sí pero no, vamos, de verdad como literatura jurídica, como un relato judicial no ficcionado me resulta un tanto escaso de creatividad.

Se nos escapa otra gran oportunidad para escribir una gran novela jurídica de índole mexicana a manos de un gran novelista. Imagino los años, el tiempo que le invirtió Volpi a este proyecto y digo: ¡chingado, ojalá lo haya hecho a partir de la ficción!

Y ojo, yo exijo (ojo quizá también por mi formación y por que a esto me dedico) que Volpi no vuelva a escribir novela sin ficción. Lejos está No será la tierra, muy muy lejos Klingor, tanto que ya casi ni se vislumbra. Que no escriba otra novela sin ficción porque tampoco es un ensayo, difuminado está Leer la mente y la pinche joya que resulta El insomnio de Bolivar.

De nuevo trataré de aclararme, como novela es mala (porque no es una novela), como novela sin ficción pues mehhhhhh. O sea, no es que sea un parámetro objetivo pero suelo subrayar mis libros cuando encuentro las frases que más me gustan. En la novela de Volpi solo subraye cuestiones técnicas, cuando me encontraba alguna discrepancia con hechos que conocía del caso, al sorprenderme viendo reflejados a personas que conozco y poco más. No es por nada pero el prefacio está bonito y también la nota del final para comprender mejor a lo que uno se enfrenta. De hecho Jesús Silva-Herzog Márquez, en una nota que escribió sobre la novela, parte de la importancia del epígrafe (sospecho que fue lo único que leyó), y aunque es una reseña o una nota bastante diferente en comparación con lo que nos tiene acostumbrados (insisto, me parece que no refleja el contenido del libro), resulta favorable y asumible como un buen ejercicio para criticar al sistema de justicia en México, a la manera de hacer política judicial, en otras palabras, y de nueva cuenta, los mismos diciendo lo mismo sobre lo mismo.

La analogía con Kafka se me hace no solo fallida sino preponderantemente común. Se me ocurre una analogía más imaginativa, millennial, amigable y musical: Florence (Cassez) + The Machine. Pues al final es eso, el relato de alguien que enfrenta al sistema. Poco más.

¿Recomendaría la novela? Sí y no. Porque no es una novelaooooquelaverga. Cuando el acta del jurado que le concedió el Alfaguara dice que es un libro que rompe todas las convenciones del género, no se equivoca pues el texto es ambicioso políticamente, jurídicamente más o menos, pero literariamente en definitiva no. La descripción, me recordó una escena de Los Simpsons cuando en una feria mediaval se presumen animales fantásticos, por ejemplo el mitológico can de dos cabezas que nació con solo una cabeza y el legendario Esquilax, un caballo con cabeza de conejo y cuerpo de conejo.

De las tinieblas de la historia aparece el legendario Esquilax, un caballo con cuerpo de conejo y cabeza de conejo.png

Al final, perdón…, perdón, perdón, perdón, parece que volví a escribir una pinche reseña sobre la novela, digo sobre una novela que no es una novela. Sin embargo, no se me malinterprete, juro que no fue mi intención, en todo caso que se me acuse de haber escrito una reseña criminal. Una no reseña sobre una no novela.

Viñeta sobre abogado pro-bono

No me gusta escuchar la frase “tú obtienes lo que pagas”, cuando viene de nuestro abogado pro-bono


Viñetas sobre abogados.

8 preguntas sobre abogados (y algo más) a Rodolfo Vázquez

El día viernes 26 de octubre de 2017, en un café en la Ciudad de México, tuve la oportunidad de entrevistar a Rodolfo Vázquez (Buenos Aires, Argentina 1956).

Constantemente relato una anécdota que me sucedió cuando estando fuera del país, estudiando el postgrado, un grupo de profesores de filosofía, me preguntaron que quién era el mejor filósofo del Derecho en México, y les respondí que un argentino… Pero un argentino que radica en nuestro país desde hace mucho tiempo. Además, aplicando el criterio de interpretación de Chavela Vargas, claramente, se puede afirmar que “los mexicanos nacemos donde nos da la gana”.

Rodolfo obtuvo en México el grado de Doctor en Filosofía por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), después de estudiar Derecho en el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM) y Filosofía en la Universidad Iberoamericana (IBERO). Ha sido profesor visitante en las Universidades de Oxford, Génova y Carlos III y, desde 1979, profesor de tiempo completo en el ITAM, institución que recientemente le otorgó el nombramiento de profesor emérito.

He de comenzar diciendo que no seré yo quien narre los logros intelectuales de Rodolfo, se atreva a compilar sus obras, o incluso pueda realizar un esbozo de su perfil para rendirle homenaje. Sinceramente no me puedo considerar su alumno, mucho menos su discípulo. Esta labor, sin lugar a dudas, corresponde a grandes maestros, juristas que en la actualidad se encuentran ejerciendo una importante labor dentro del Derecho. Sin embargo, en mayor o menor medida, puedo afirmar que muchas de mis ideas o de mis inclinaciones intelectuales se pueden retrotraer a Rodolfo Vázquez.

Esto porque gracias a él, a sus ediciones, a las colecciones que dirige, a sus seminarios, a la revista que fundó, pero sobre todo a la confianza que tiene con los jóvenes, su figura se ha convertido en un referente que trasciende generaciones y geografías, en un maestro indirecto de muchas personas que nunca ha tenido dentro del aula.

prof1050-e12-2016-08-09Alguna vez, charlando con Mica Alterio sobre la enseñanza de la filosofía jurídica en México, se refirió a Rodolfo como el gran y generoso pater familias que a su alrededor ha generado (quizá muchas veces sin querer) un grupo de personas comprometidas no propiamente con sus ideas pero, en definitiva, sí con una determinada concepción sobre el Derecho y la justicia. Y sí, totalmente. Creo que la analogía resulta adecuada porque en tiempos en los que todo es rápido, todo es acción, la obra de Rodolfo y, me atrevo a decir, Rodolfo en sí mismo, surge como una posibilidad y una alternativa. En este lugar que por costumbre llamamos México, en un país en el que primero se sobrevive y después se intenta vivir, la obra de Rodolfo resulta un oasis frente al patético desierto que evita la indispensable necesidad de pensar, una invitación a hacer de la vida un constante ejercicio de reflexión.

Alejado de controversias más nunca ajeno a la misma, Rodolfo Vázquez se erige como un maestro de maestros, como un role model no solo para los futuros filósofos del Derecho en México, sino también para cualquier profesor que aspire a hacer de este mundo algo mejor. Vamos sin prisa porque vamos lejos. Porque iremos más allá de cualquier reforma “estructural”, de cualquier político improvisado.., porque esa es, precisamente, la tarea del filósofo, del pensador, de alguien congruente con sus ideas y su vida.

En lo personal agradezco a Rodolfo su confianza y su tiempo para invariablemente siempre responder y estar atento tanto a mis dudas como a mis necedades. Rodolfo es alguien a quien admiro mucho, su humildad, su inteligencia, y su calma, son características que me hacen creer en que si la filosofía del Derecho tiene futuro, no me cabe duda que será por medio de su pensamiento.

A continuación las 8 preguntas sobre abogados, y algo más a Rodolfo Vázquez.


1. ¿Qué es lo primero que se te viene en mente cuando escuchas la palabra abogado?

Rodolfo Vázquez (RV): Bueno, lo primero es la formación rigurosa en el conocimiento de la normatividad jurídica, que no debe en ningún sentido ser desplazada por algún tipo de interés estratégico. Cualquier disciplina que aspire a constituirse en un conocimiento científico debe comenzar por conocer su objeto, que en nuestro caso, son las normas y los ordenamientos jurídicos.

En segundo lugar, esperaría, que ese abogado tuviera una formación integral en el sentido de saber contextualizar las normas desde un punto de vista histórico, político y cultural, y se acompañe siempre de una teoría robusta de la justicia, digamos, con la responsabilidad propia de asumir un “sentido de justicia”. Hay que reconocer que nuestras escuelas de Derecho, deudoras de un estéril formalismo jurídico, han sido muy omisas con respecto a esa formación integral y a la interacción que correspondería al Derecho con las demás disciplinas sociales y humanísticas.

2. Menciona el primer abogado o abogada (no importando sean profesionales, profesores, políticos o bien personajes de literatura, series de televisión o cine) que se te venga en mente.

RV: En México he tenido la fortuna de poder conocer algunos juristas ejemplares: Efraín González Morfín, Ulises Schmill; y a maestros que han sido determinantes en mi formación como Ernesto Garzón Valdés, Manuel Atienza, Ronald Dworkin, Luigi Ferrajoli, Jorge Malem, Paolo Coamanducci, y si bien, no personalmente –solo alcancé a conversar con él por teléfono en un par de ocasiones- Carlos Santiago Nino. Entre los discípulos de este último tengo mucha afinidad y admiración por mi querido amigo Roberto Gargarella.

¿Personajes del mundo político, literario o mediáticos? Es difícil seleccionar. Vuelvo una y otra vez a los clásicos de la literatura mundial. Recientemente, y acompañado de charlas y debates, y por consejo insistente de Ulises, he terminado de leer la obra completa de Shakespeare. Con la guía de un recordado amigo cinéfilo, Alberto Sauret, he disfrutado toda la obra de Tarkovski, y bueno, del realismo italiano. En series de televisión no nos perdemos con mi esposa ningún capítulo de Game of Thrones, y entre los políticos, invariablemente me inclino por aquellos que se instalan o se acercan a la socialdemocracia.

3. Conociendo tu trayectoria intelectual parece que siempre estuviste enfocado en estar dedicado por completo a la academia y además conociendo que tú antes que Derecho estudiaste Filosofía…, ¿alguna vez pensaste ejercer como abogado, propiamente como litigante?

RV: Sí pensé hacerlo, pero más por un sentimiento de culpa, que por una verdadera vocación al litigio, por ejemplo.

Sí, estoy consciente de que una buena práctica jurídica ayuda incluso para una buena teoría jurídica, pero si debo de ser muy franco, mi vocación ha sido siempre la enseñanza. Mi lugar natural es la universidad. No me concibo en otro contexto: ni político, ni en un despacho jurídico, ni como activista social. Ello no me ha impedido estar atento a la actividad de los actores jurídicos pero la formación teórica-filosófica me ha ganado siempre al momento de tener que ver algún tema jurídico, y el espacio que te da la Universidad es insustituible. No hay forma de que se pueda compensar con otros espacios.

4. Esta pregunta justo está relacionada con eso, y con lo que mencionabas al principio, sobre todo hablando de tu formación que fue eminentemente filosófica. De hecho, en algún foro Leticia Bonifaz decía que le gustaba escuchar mucho tus ideas, porque sobre todo en estas modas jurídicas que aparecen de tanto en tanto, existe un trasfondo filosófico que casi no se conoce y que resulta importante relacionarlo con el Derecho para comprenderlo, de hecho, hace ya algunos años en Alicante, cuando tuve la oportunidad de tenerte como profesor, presentabas un texto llamado “Jueces, derechos y filosofía” re-elaborando un poco las ideas de Dworkin en su artículo “Must our judges be philosophers? Can they be philosophers?”, la pregunta en concreto, y creo que se relaciona mucho con esto, es ¿los abogados litigantes, propiamente este tipo de abogado que ejerce en el foro, que acciona el sistema, debe saber filosofía?

RV: La pregunta es muy apropiada, y me la he preguntado muchas veces. En línea con el pensamiento de Dworkin diría que un buen litigante, en el momento de construir su litigio o su demanda; o un juez cuando reflexiona su argumentación; o un legislador cuando debe pensar su exposición de motivos; harían muy bien el saber, o tener nociones básicas de epistemología, o de ética, o de filosofía en general. Cuando digo nociones básicas estoy pensando en el a-b-c que dice Dworkin con respecto a estas áreas. No se necesita tampoco llegar a sutilezas de debates propias de filósofos pero sí un a-b-c que permita distinguir entre lo que es una visión deontológica de una consecuencialista; entre una metaética objetivista y una subjetivista; entre una concepción de filosofía política liberal, comunitarista o conservadora, por ejemplo. Es realmente decepcionante descubrir los vaivenes teóricos de nuestros jueces –un día resuelven bajo la luz de una teoría y al poco tiempo, bajo la luz de otra, diametralmente opuesta-, o bien, revisar amparos en donde el litigante reúne citas de filósofos disímiles sin tomar ninguna conciencia de su valor teórico. Pero más allá de estas “patologías”, estoy convencido, como le gusta decir a Manolo Atienza, que “la mejor práctica es una buena teoría”.

5. Esta la hago para todas las personas, sobre todo pensando en lo simbólico o muchas veces en las formas que impone la profesión, ¿estás a favor o en contra del uso de la toga dentro de la profesión?

RV: No soy muy partidario de ningún elemento identitario en las profesiones, ni en los países, es decir, todos los aspectos identitarios de una profesión, o los símbolos nacionalistas, me provocan un rechazo inicial inmediato. Entiendo que los aspectos protocolarios o ritualistas son, en el sentido de Hobbes, civilizatorios, y que cierta solemnidad en los actos es necesaria; pero puestos a elegir, prefiero la austeridad, la disciplina y el desempeño efectivo. Creo que lo demás distrae de lo esencial. Además, tienen un cierto tufo elitista que sacude mis esquemas igualitarios. Quizás estoy exagerando, y admito que mi rechazo a tales solemnidades tiene un componente visceral.

6. En México no se sabe a ciencia cierta cuántos abogados ejercen la profesión, quizá podemos saber más o menos a partir de un estimado de las cédulas profesionales pero la verdad es que el resultado es bastante difuso, esto a la par de otros temas, han generado un grave problema de desigualdad ante la ley propiciando diferentes tipos o más bien clases de abogados que dependen de las posibilidades económicas de los clientes.

Recientemente leía tu texto en el que citabas a Margalit, diciendo que una sociedad decente es aquella que no humilla a las personas, la pregunta en concreto es en relación con las relaciones que se establecen entre abogado y cliente, y sobre todo en este contexto tan desigual, ¿se te ocurren algunas formas para que que esta forma de humillar a través de la economía, de la justicia de clase, los abogados puedan tener puentes para generar un mejor acceso a la justicia?

RV: Sin duda, yo creo que tendría que haber una responsabilidad muy grande de todos los litigantes en términos de trabajo pro bono, en donde cada despacho tuviera una cuota muy clara de asuntos que responden a un sentido de justicia y de solidaridad con los menos aventajados.

Por otra parte, es muy importante que formemos muy bien a nuestros abogados de oficio, con un claro sentido social y con una remuneración digna. Es una asignatura pendiente que hemos descuidado por décadas, y más en nuestra región latinoamericana.

7. En cuestiones de ética me parece que el objetivismo es la concepción que destella mucho de tus ideas, o por lo menos quizá aquellas que bosquejas dentro de la teoría del derecho, si bien es cierto que muchas veces el objetivismo, malamente, se confunde con absolutismo, y también quedándome claro que esta visión se encuentra sujeta a modulaciones que dependen de la racionalidad, al momento de aterrizar esta concepción con la labor de los abogados, me parece complejo mantener una cierta congruencia o equilibrio, sobre todo por la faceta liberal, es la profesión liberal por excelencia, la más antigua, con el otro aspecto que es como agente coadyuvante del Estado, con responsabilidad social para su sector, en ese sentido muy relacionado con eso, ¿puede un abogado en concreto desplegar una visión objetivista del Derecho a través de sus labores?

RV: Sí, pienso que sí. A ver, como tú dijiste muy bien, el objetivismo tiene muchas aristas, y es necesario ir viendo cada una de ellas, pero una que a mí me parece fundamental es que, en el discurso de los diferentes actores jurídicos, no digamos entre los jueces, hay ciertos presupuestos que me parece que son importantes conocerlos y mantenerlos: siempre debería procurarse una imparcialidad, criterios de racionalidad y coherencia y, en general, para no abundar en ello, las condiciones señaladas por pensadores como Habermas, Alexy, Atienza y los deliberacionistas.

Si nos vamos más al aspecto sustantivo, yo diría que hay dos elementos que deben estar siempre presentes El primero, el litigante, por ejemplo, al momento de tocar algún tema delicado, por ejemplo en materia civil, no puede ir en contra del estado del arte de la ciencia. El litigante y el doctrinario, tienen que estar al tanto de qué es lo que está pasando en el ámbito científico, en materia de interrupción del embarazo, de reproducción asistida, de neurociencia, por ejemplo. En segundo lugar, el abogado tiene que tener en cuenta que existe un marco constitucional donde los derechos humanos juegan un papel fundamental. Los derechos humanos no están sujetos a ningún balance costo-beneficio, ni a ninguna subjetividad, ni a la idea de que yo puede balancear los derechos humanos a conveniencia del cliente. Este es un elemento de objetividad que el abogado tiene que tener siempre presente en cualquier análisis que haga del problema jurídico que le presentan.

Entonces, diría que si se cumple con estas condiciones que acabo de señalar –los aspectos formales del discurso, estar al tanto del estado del arte de la ciencia, y tener siempre como faro las precondiciones de cualquier discurso, que son los derechos humanos, me parece que ya estamos en una línea objetivista que no se compromete ni con el absolutismo moral, ni con una visión subjetivista.

8.- Durante años, has realizado labores de edición, me parece que una de las más importantes en México, respecto a obras relacionadas con ética, filosofía del derecho, y política, así como también intentando reanimar la lectura de ciertos autores y textos clásicos, sin embargo, me atrevería a decir que tu labor de edición, y acaso otros ejemplos concretos son excepcionales en estos contextos, en los que el cuidado y la publicación de textos jurídicos, políticos, de obras para abogados en general, depende, más bien, de criterios de mercado editorial, o de simples compromisos institucionales que a veces se confunden con el mero hecho de publicar por publicar.

Se habla mucho de la cantidad de escuelas de derecho en México, la falta de acceso a la justicia, abogados de oficio, escasa cultura por el respeto de las reglas, la pregunta en concreto es, ¿crees que tienen alguna responsabilidad social las casas editoriales, respecto a la formación de futuros abogados? ¿Cómo aumentar la calidad de los libros que se publican para los abogados?

RV: Bueno, creo que el elemento comercial no puede estar ajeno en una empresa editorial; obviamente no son instituciones altruistas, sino que van a querer también tener utilidades, y me parece muy legítimo.

Lo que tiene que tener cuidado una editorial es que, si va a crear una colección o va a publicar un libro, se practique el dictamen de doble ciego y se constituya un Consejo Editorial con gente experta, y si es posible remunerada, para no perder nunca la exigencia de calidad de los productos. Lo que ha sucedido y sucede con muchas editoriales es que terminan haciendo malas publicaciones por meros ánimos de lucro y pierden legitimidad. Entran a un círculo vicioso que tiene altos costos económicos, negativos. No, la idea es entrar en un círculo virtuoso que requiere de un gran esfuerzo inicial, pero que a larga redundará también en ganancias pecuniarias para los editores. Con un buen trabajo eficiente, por supuesto, se pueden abaratar costos para que los estudiantes puedan tener acceso a la compra de libros impresos o virtuales.

Pero insisto, el secreto es tener buenos Consejos Editoriales dentro de las casas editoriales para garantizar la calidad. Las colecciones que nosotros hemos sacado en una editorial mediana, como Fontamara, ha pasado por esos filtros en donde el criterio ha sido siempre la calidad, independientemente de la teoría que sustenten las y los autores.

A continuación, te diré una serie de nombres o conceptos y por asociación mental me gustaría que respondas lo primero que se te venga a la mente, alguna palabra o algún concepto corto.

ITAM Exigencia académica
SCJN Formalismo judicial
Ernesto Garzón Valdés Maestro, amigo y filósofo integral
Liberalismo igualitario Concepción comprometida valores como la autonomía y dignidad, con un trasfondo de igualdad estructural
Isonomía Revista seria, plural y propositiva
Estado de Derecho Marco para cualquier decisión parlamentaria, judicial o litigiosa
Fernando Salmerón Gran docente y pilar de la filosofía analítica en México
Bioética Ciencia de frontera en los límites con la ética
UNAM Nuestra universidad pública por excelencia
Latinoamérica Complejidad y grandes oportunidades
Objetivismo moral Ni absolutismo, ni subjetivismo
Seminario “Eduardo García Maynez” Espacio de discusión incluyente, con gran vocación académica
Manuel Atienza Amigo fraternal y jurista ejemplar
Biblioteca de Ética, Filosofía del Derecho y Política de editorial Fontamara Espacio de convocatoria para las propuestas teóricas, filosóficas y jurídicas contemporáneas
Argentina Cuna de grandes teóricos y filósofos de derecho con mucho impacto internacional
Marta Lamas Nuestra feminista liberal de orígenes socialistas. Ejemplo de militancia y amiga entrañable
Ulises Schmill Filósofo ortodoxo en la línea kelseniana, gran polemista, culto y maestro amigo.
Derecho Nada de los humano le es ajeno. Conocimiento apasionante y comprometedor
México País contrastante, hospitalario, que despierta odios e indignaciones para toda la vida.
Efraín González Morfín Primer jurista que conocí, modélico en su vida personal y como académico universitario
Justicia Ideal de todo jurista en el sentido más robusto y sustantivo de la expresión

Sobre el abogado que insultó a comensales por hablar español en EE UU

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Hace días se hizo viral el video de un abogado norteamericano, de nombre Aaron Schlossberg, que en un expendio de comida rápida en New York se quejó de sus empleados por hablar español. El lamentable incidente transcurre entre los patéticos reclamos discriminatorios y las amenazas de llamar al Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) para que deportaran a los involucrados.

La actitud del abogado sentó bastante mal entre la comunidad latina… tanto que a medida que se esparcía el video las reacciones y respuestas, tanto en un plano formal como informal, no se hicieron esperar.

Dentro de las primeras se incluyen desde la expulsión de la oficina que estaba rentando en el edificio donde laboraba, hasta un queja formal ante el Comité Disciplinario del Sistema de Cortes Unificados del Estado de Nueva York para que sea revisada su licencia en vías de una posible revocación. Sobre las segundas, muchos memes como los siguientes:

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Pero la que me llama la atención es la organización de  una recolectar fondos con la intención de contratar unos mariachis para que le llevaran serenata al abogado. Una creativa forma de protestar contra los actos de Schlossberg.

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Más allá del caso, sirva el mismo para reflexionar sobre el rol de los abogados en sociedad. Sobre las implicaciones que tienen sus labores no solo como profesionales de índole liberal sino también como colaboradores de la administración pública. Eso de que si una mala persona puede ser buen abogado, la verdad que al día de hoy resulta bastante desactualizado.

Viñeta sobre abogados y verdugos

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“Los muchachos están emocionados por fusilar a un abogado”


Viñetas sobre abogados.

¿Por qué los abogados necesitan una amplia educación social? de Martha Nussbaum

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Hoy cumple 71 años Martha Nussbaum, quien (aunque nunca ha pisado un juzgado) se autoproclama como “la abogada del mundo”, quien a pesar de contar con un JD en Derecho se decantó por ser filósofa. Aunque sus contribuciones al campo jurídico han sido más por la línea de la filosofía moral, no cabe duda que sus ideas han trastocado el campo de la educación jurídica, de forma específica respecto a la formación de muchos futuros abogados, pues su obra ha dejado claro que ya no basta con transmitir información sino que resulta necesario relacionarla con emociones y sentimientos, aspirando a desarrollar más allá del razonamiento moral la imaginación empática. Sin lugar a dudas, un objetivo difícil pero lo suficientemente realista para ejecutarlo a través de la interdisciplinariedad. Vale la pena echarle un ojo a este texto de Nussbaum, de hace un año más o menos, donde aborda dicho tema a partir de la figura de Ernst Freund, uno de los primeros juristas que clamaron por una educación jurídica no solo limitada a la ciencia del Derecho sino abierta a otras disciplinas, muy en línea con lo que años después desarrolla la filósofa. Ojo es en el contexto australiano y teniendo siempre en cuenta la educación jurídica estadounidense, fuera de eso, el texto es valioso por la forma en cómo, al final, uno se da cuenta de que los problemas antiguos siguen siendo bastante actuales.

A continuación el enlace en inglés: Nussbaum – Why Lawyers Need a Broad Social Education

Dónde estudian los abogados No. 1

Estuve toda la semana en Puebla, me sorprendió gratamente es un lugar lindo, no había tenido la oportunidad de conocerlo a fondo. Me llamó la atención no solo la gran cantidad de iglesias por kilómetro cuadrado que tienen, sino también el alto número de escuelas de Derecho en donde se forman y estudian los futuros operadores jurídicos, según datos del CEEAD en este Estado de la república mexicana son más de 130. Aprovecho esta nueva sección del blog para compartir algunas de esta amplia oferta educativa…

Comienzo con este ubicado en el mero centro de Puebla… El Colegio Minimalista de Ciencias Penales, seguramente Ferrajoli algo tendrá que ver.

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Viñeta sobre abogados y argumentos

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“Caballeros, parece que están listos para sus argumentos iniciales”


Viñetas sobre abogados.