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La normalidad de Jorge Volpi

 

Ayer en México fue un día difícil. Bueno no es cierto, fue un gran día, sábado de Gloria (lo nominó Juan Villoro). El triunfo de la selección nacional frente al equipo de Corea en el mundial, nos catapultó hasta al primer lugar de grupo y se desató la alegría colectiva. Además coincidió con el Pride y sus múltiples marchas y celebraciones. París era una fiesta, digo México. Una fiesta que concentró toda la atención de todos en dichos acontecimientos festivos, o por lo menos difuminó otras tantas cosas que sucedieron.

Ya hoy con la calma que implica la cotidianidad (y la maldita cruda que me tiene prácticamente inmovilizado), me doy cuenta que la editorial de ayer de Jorge Volpi en periódico Reforma fue respecto a su novela documental y sobre el sistema de justicia.

Hoy escribo brevemente sobre eso puesto que hace dos semanas realicé una no reseña sobre la no novela de Volpi, y, sinceramente, porque quiero. Porque mi blog antes que ser un espacio sobre abogados, es un espacio mío, que puedo utilizar limitadamente como trinchera para decir lo que pienso y tratar de influir dentro de mi campo social.

Una de mis principales quejas con la Novela criminal de Volpi (¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡la cual hoy descubro fue pensada para seducir a los lectores de ficción pero no para los lectores de ficción que conocen el sistema de justicia en México!!!!!!!!!!, mea culpa), fue precisamente eso de novelar, o documentar, un caso real. O sea, al final por más que queramos construir un relato a partir de hechos reales, tal relato se erige por medio de una determinada selección de actores, hechos, y perspectivas sesgadas, que inevitablemente son filtradas a discreción. De nueva cuenta, no es posmodernidad, ni posverdad…, es entender que la objetividad es mucho más compleja, que en el arte las creaciones literarias no son asépticas.

A ver, no estoy peleado con la idea de la novela documental, ejemplifiqué las obras de Javier Cercas y Emmanuel Carrère como trabajos precisos y fuera de serie, pero la diferencia con el texto de Volpi es que quizá él no se centró solamente en relatar la historia de UN solo personaje, sino (ahora descubro) de poner en evidencia el lúgubre sistema de justicia en el país.

De ahí que utilicé el término chismógrafo, es decir la no novela, para quienes estamos en el medio, se puede leer como un documento recopilatorio de la opinión de Volpi sobre múltiples abogados y actores políticos en México. De ahí también que cuando uno está en el medio, y conoce a ciertos personajes y actores involucrados, sabe que algunas cosas no bastas, o simplemente no coinciden con la realidad.

El ejemplo específico fue con Jorge Ordóñez. Quienes tenemos la fortuna de conocerlo sabemos de su profesionalismo, sabemos que además de ser un gran abogado es una gran persona, que difícilmente dependió de él lo aducido en la novela. De ahí entonces, y sumado a otros varios detalles, la verdad ya no es tan verdad, o más bien la novela de no ficción, al final no es tan novela de no ficción.

En todo caso, yo me quedé pensando, si Volpi entrevistó a Jorge para su proyecto, si le preguntó directamente a él, o si acaso contrastó varias fuentes de un hecho tan relevante no solo en el desarrolló del caso sino también para la posterior construcción de la novela…

En cualquier caso, es valiente y sorprendente lo que escribió el ganador del premio Alfaguara en su columna semanal. Valiente porque acepta su error y trata de reivindicar los hechos que él mismo endilga a Ordóñez. Sorprendente, porque entonces qué hacemos con su no ficción… ¡ESTO ES COMO INCEPTION! No, no, no, mejor aun, esto es como que Volpi en una novela de no ficción, ficciona algo, hace un montaje, ¡justo como hizo García Luna con el primer montaje de Florence Cassez e Israel Vallarta!. Un montaje del montaje.

Lo que me queda la duda es si se va a modificar la novela de Volpi, digo la no novela de Volpi, en la siguientes reimpresiones, o en las versiones on line. O si se va a incluir como epílogo esta editorial… ¿Se irá Volpi a adentrar en quién filtró el proyecto? ¿Lo eliminará, lo dejará pasar? ¿O cambiará el curso de la historia? Digo este evento, y algún otro… La implicaciones podrían rebasar la realidad, e incluso tal vez modificarla…, chingado siento que al final estoy viendo un capítulo de Rick and Morty. Un capítulo en el que en un universo en el que una novela, digo una no novela, sobre una historia real, tiene que ser modificada porque a su vez alteró la realidad.

Sinceramente agradezco que Volpi no escribió una no ficción sobre Caperucita. En fin, siento que al seguir hablando de la novela de Volpi, digo de la no novela de Volpi, resulta contraproducente pues se le hace más promoción. Nada más errado, o sea, reitero que cada quién lea lo que quiera, o en todo caso si te gusta la ficción y eres abogado y conoces lo mal que está el sistema este libro no es para ti, limítate mejor a tratar de transformar y mejorar el sistema… Justo, como algunos de los personajes de la no novela. Ordóñez incluido.

Dejo la columna de opinión sobre la que escribo…. Y, como siempre, subrayo las ideas que me resultaron más interesantes para el tema de este blog, que es el de los abogados.


La normalidad

Si algo misterioso tiene la escritura de una novela es que con frecuencia ni siquiera el autor mismo adivina sus alcances. Con una novela sin ficción, donde los personajes en realidad son personas, con sus propias vidas, destinos y creencias, el descontrol se recrudece. Han pasado tres meses desde que publiqué Una novela criminal, el libro en el que pretendí contar, usando las armas de la literatura, la historia verídica de Florence Cassez e Israel Vallarta, y solo ahora he empezado a columbrar el sentido de sus páginas. Cuando inicié el recorrido por esta historia tan inverosímil como real, mi meta era contar de la mejor manera posible una trama con todos los ingredientes para seducir a un lector de ficción; poco a poco caí en la cuenta de que el tema central del libro era otro, más extenso y doloroso: un retrato de México, de lo peor de México -su sistema de justicia-, a través de un caso que me parecía excepcional.

Tres meses después, reviso este juicio. Sin duda el caso se volvió excepcional, pero en sus inicios no lo era. Volvamos por un segundo a aquel 9 de diciembre de 2005, cuando los dos principales noticieros de la televisión anuncian que transmitirán en vivo la captura de unos peligrosos secuestradores: ¿por qué ese día nadie nota las incongruencias de la grabación?, ¿por qué ninguno de los periodistas que llegan a Las Chinitas observa irregularidad alguna? Porque todo lo que ocurrió en ese “rancho” en las afueras de la capital era normal. Era -y es- normal que la policía detuviera a presuntos criminales un día y los presentara al siguiente; era -y es- normal que sembrara armas y pruebas; era -y es- normal que presionara a las víctimas; era -y es- normal que inventase testigos.

Lo que no vimos o apenas atisbamos ese día, también era normal: la complicidad entre los medios y el poder, la tortura, la falsificación de los hechos, la destrucción de la verdad. Mientras escribía este libro ocurría el caso Ayotzinapa: otro ejemplo de torturas e ineficacia, de intromisiones políticas y destrucción de los hechos, como acaba de demostrar una arriesgada sentencia judicial. El reportaje de Animal Político publicado en estos días, “Matar en México”, comprueba lo mismo: 9 de cada 10 homicidios quedan impunes. Nuestra justicia simplemente no existe.

En aras de esa justicia reconozco, aquí, un error mío: una fuente que se reveló errada me llevó a escribir que quien le mostró la sentencia del ministro Arturo Zaldívar al abogado Miguel Carbonell, poco antes de que se hiciera pública, fue el abogado Jorge Ordóñez, entonces secretario de la ministra Olga Sánchez Cordero. Ahora sé que no fue él: lamento profundamente la falsa atribución.

En estos tres meses he sido acusado -lo esperaba- de defender a criminales. Mis detractores repiten la misma mentira: que el montaje de García Luna no implica que Florence e Israel sean inocentes. Y claman, en teoría, por las víctimas. No me sorprende que varios implicados en el caso lo hagan, ni tampoco periodistas asociados con el gobierno, sino voces que se pretenden críticas. Sorprende que defiendan al gobierno y a un sistema que violó los derechos tanto de los presuntos criminales como de esas víctimas, haciendo imposible desentrañar la verdad. Y sorprende aún más que tomen posiciones propias de la ultraderecha: no asumir que incluso los criminales tienen derechos los emparienta con Bush Jr. o con Trump. No: Florence no fue liberada por un pequeño error en su proceso, por la falta de asistencia consular o por el mero montaje: lo fue porque los encargados de buscar la verdad la destruyeron por completo.

Florence es inocente porque nuestra legislación recoge, al fin, la presunción de inocencia. El único culpable de que no haya justicia, ni para ella ni para Israel Vallarta y su familia, ni para las víctimas que los acusan, es el Estado. En estas semanas, Israel fue trasladado arbitrariamente de El Altiplano a Puente Grande, en Jalisco, otra cárcel de máxima seguridad, lo cual retrasará aún más su proceso. Como él, hoy en México todos somos ciudadanos a medias: víctimas potenciales de un sistema de justicia tan corrupto como ineficaz.

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Viñeta sobre abogados y fútbol

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Mi cliente mantiene que no fue mano


Viñetas sobre abogados.

A propósito de Una novela criminal de Jorge Volpi. O Florence (Cassez) + The Machine, una reseña criminal

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Primero, una advertencia (se puede omitir si el interés radica en la novela de Volpi).

Hace años realicé en este blog una reseña de la novela Justicia de Gerardo Laveaga. Lo escribí, como muchas veces escribo mis entradas domingueras para este blog, de forma más bien intuitiva, sin que me cueste el tiempo que me cuesta escribir en otros espacios, podría decir, incluso, de forma un tanto apresurada, recuerdo que no tardé más de una hora en terminar. La reseña, en la cual claramente reflejo mi disgusto por lo ficcionado por Laveaga, se compartió en redes, llegando a las manos de un querido amigo que me ofreció publicarla en una revista estudiantil de una escuela de Derecho de Guanajuato. Afiné un poco el texto (nada del otro mundo, quitando algunas ironías y referencias innecesarias pero sustancialmente manteniendo la idea de que me parecía una mala novela) y meses después vio luz la reseña. Como, por lo general, suelo hacer con cualquier texto de mi autoría que se publique en algún medio impreso con ISBN, lo escaneó y lo subo a la plataforma de Academia, simple y sencillamente, para tener registro y, a manera de archivo, organizar un poco lo que he escrito a lo largo del tiempo.

El texto fue un éxito en dicha plataforma, superando con creces en descargas a cualquier otro pinche paper, artículo de revista, sesudo texto que me he tardado en escribir más de seis meses…, con decir que dejó muy por detrás a la entrevista que le realicé a Manuel Atienza, creo que se puede tener una idea. No entendía por qué, hasta que un día descubrí que extrañamente todas las descargas provenían de una zona específica del país, al indagar en esto, y visualizar los motivos que exige Academia para descargar algún texto publicado ahí, descubrí que en alguna escuela de Derecho en la clase de Introducción al Estudio del Derecho, semestre tras semestre, un profesor les pide a sus alumnos que lean la novela de tarea y hagan una reseña sobre la misma. Las justificaciones para bajar mi reseña son divertidísimas desde “el libro está muy caro”, hasta “el profesor me va a reprobar” o un sincero “no voy a leer algo tan largo”.

El texto se compartió al grado que llegó a manos del autor, quien a través de un tuit, según recuerdo, me decía que la literatura era cuestión de gustos. Ahora mismo busco el tuit y veo que profe Xopa entró a mediar, para descubrir que al final, tal parece que Laveaga sí se lo tomo a mal pues borró el tuit y, de paso, también me dio unfollow. Todo bien, no pasa nada, sin rencores.

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Dicho esto, y pensando en las implicaciones y la responsabilidad que conlleva publicar, o más bien que un texto por azares del destino llegue a ciertos lectores, bien vale la pena decir que lo que a continuación escribo no es, propiamente, una reseña sino un montón de proyecciones personales articuladas después de reventarme las casi 500 páginas de la novela de Volpi, de la profesión que ejerzo, del conocimiento del caso, y del escaso bagaje literario que pueda llegar a tener.

En ese sentido, antes que servir para orientar a un potencial lector sobre la novela en cuestión, lo ideal sería que se leyera la novela y se compartan diferentes opiniones sobre la misma, para así juzgar desde diferentes ópticas. Eso precisamente fue lo que pasó con Justicia de Laveaga, fuera de él, dentro de mis conocidos en el gremio, no conozco a nadie que la haya leído, pero sí conozco a gente que dice que no va a leer la novela porque leyó mi reseña…, nada más errado. Lo que aquí plasme, no tiene algún tipo de autoridad de cualquier índole para influir al respecto. Cada quién que lea lo que quiera, más allá de sus filias y sus fobias. Lo que a continuación escribo lo hago más que por emitir un juicio simplemente por la necesidad de expresar lo que me generó su lectura, porque quiero y porque creo que si se escribe una novela (que además fue laureada) sobre un afamado caso jurídico de mi país, tengo que leerla, porque me gusta leer y porque tengo el tiempo en estos momentos, vamos que se juntó el hambre con las ganas de comer, pero por favor relajémonos, lo de pisar callos, tomarse las críticas de manera personal, como afrentas, como si el ego fuera quien dictara los parámetros del éxito es una idea tan errónea como vacua. Justo ayer intercambiaba mensajes con una colega que refería una patética anécdota sobre andarse con cuidado en el gremio por incomodar a algunos a partir de un texto académico de su autoría. No va por ahí, de verdad, el gremio abogadil, destella un absurdo profesionalismo basado en una constante ejercicio de relaciones públicas, vayamos desterrando estas ideas y podamos enfrentarnos, carearnos y criticarnos a partir de un ejercicio que pueda develar nuestras verdaderas intenciones por auxiliarnos los unos a los otros. No sé si sea algo exclusivo de quienes ejercemos el Derecho o, por el contrario, es algo propio de nuestra condición humana, pero en definitiva los celos, la egolatría y las presunciones se acentúan cuando se realiza algún ejercicio crítico dentro de la profesión.

Después de todo este rollo he de decir que Una novela criminal no me gustó, que más bien me parece una novela que no es una novela, una novela mala, por no decir indebida.

(Aquí comienzo a escribir sobre la novela)

La novela de Volpi trata sobre un caso judicial, y desde sus primeras páginas advierte que será una novela documental, o una novela sin ficción, ok, va. Pero, si esto es así, su lectura me da la impresión que parece una especie de cuarta instancia del caso de Cassez o un mero chismógrafo jurídico. Lejos, pero bastante lejos de A sangre fría de Capote, o recientemente de Cercas y Carreré con El adversario y El Impostor, respectivamente, se sitúa este proyecto. Lo digo porque no hay que olvidar que ganó el Premio Alfaguara de novela 2018, otorgado por un jurado presidido por Fernando Savater, quien a su vez el año pasado fue homenajeado en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara por un conjunto de autores entre los que se encontraba Jorge Volpi (algo más bien autopoiético, en terminología de Maturana y Varela). Un premio que, preponderantemente, han ganado grandes novelas, novelas a secas, ficciones, composiciones que puedan despertar en sus lectores la imaginación y sobre eso construir nuevos escenarios y transformar la realidad, tan lúgubre y básica que difícilmente resulta tolerable. Para el caso de México un premio que solo han ganado Elenita Poniatowska y Xavier Velasco. Más allá de política literaria y de lo difícil que resulta la credibilidad de ciertos galardones, mi problema es con la estructura de la novela. Es decir, cuando leo, me gusta leer para suponer y vislumbrar alternativas y posibilidades, para vivir otras vidas, y llenar los vacíos y las insuficiencias de la cotidianidad, si quisiera sumergirme en la rutina, y más como abogado, pues de lo que se trata es de eso, de tomar otro expediente, estudiarlo, organizarlo, armar sus estructuras y tratar de indagar lo más que se pueda al respecto. Pues nada, eso es lo que hace Volpi, aprovechando su formación como jurista (de la cual ya he hablado en este blog), este dedica los últimos tres años de su vida a organizar no diría uno de los casos más complejo en la historia jurídica del México contemporáneo pero sí uno de los más politizados y mediatizados.

Si seguimos la idea de la novela documental o la novela sin ficción, en lo personal encuentro varias inconsistencias, veamos, varias cosas que por amigos y por personas cercanas al caso sé que no sucedieron así, me consta. La verdad es parcial, nada de posverdades, ni mucho menos, al final, la selección de voces que elige Volpi para estructurar su documento ineludiblemente resulta sesgada, y esto no es malo es simplemente saber de las limitantes que conlleva mezclar un par de disciplinas como el Derecho y la literatura.

Ahora bien, sinceramente yo no quería leer la novela (tengo una pila de ensayos y novelas pendientes que sospecho nunca iniciaré) pero había que leer la novela, digo la no novela, la novela sin ficción. Gana el morbo y resulta pintoresco encontrarte en las páginas de una novela, digo de un texto que no es una novela sino una novela sin ficción, a profesores, amigos, jueces, periodistas, colegas… Así, uno descubre un conglomerado en el que aparecen no solo muchos de los actores relevantes de los últimos años en el escenario jurídico-político sino también personajes tan aleatorios como determinantes para el devenir de lo relatado, con decir que aparece hasta la mamá del ministro de la Suprema Corte José Ramón Cossío, o también Luigi Ferrajoli.

Screen Shot 2018-06-11 at 1.25.08 PM.pngSí, la verdad es que está bien. No está mal esbozar a través muchas páginas perfiles de personas y de personajes que conoces de lejos o de cerca, pero que conoces. Las partes de la insufrible Isabel Miranda de Wallace, del patético de Carlos Alazraki, las grillas entre los ministros de la Suprema, la desesperación de los involucrados, la fantochería de los magistrados, las sorprendente actuaciones (para bien y para mal) de diversos periodistas (no me refiero a Loret), los claroscuros de Vallarta, la justicia selectiva y clasista, los vínculos relacionales entre quienes ocupan los puestos de poder, el duelo de egos entre Calderón y Sarkozy, la influencia que tenía García Luna, los abogados siendo abogados, los policías siendo policías, la astucia de Carbonell, el papel de los jerarcas de la Iglesia católica, la decisión de Héctor de Mauleón para escribir sobre el caso después de empinarse una botella de Glenlivet, la connivencia de Guadalupe Loaeza, el consejo de Claudio Grossman que se torna crucial para el final de caso…, pero, de nueva cuenta, está bien, sin embargo me sabe a poco. Vamos, demasiada realidad termina incluso por hacer desconfiar de la misma. O por propulsar una parte de la misma y ocultar otra.

Hay partes muy tediosas, partes de interrogatorios, que quizá era la intención del autor…, generar ese sentimiento de desasosiego, de cierta desesperación que muchas veces implica el ejercicio del Derecho y la impartición de justicia, insisto, y ahora caigo en cuenta y rectifico, la novela no es que sea mala, es que no es una novela, se me olvida que más bien es una novela sin ficción.

A ver, me vuelvo a excusar, para alguien que se dedica de tiempo completo al Derecho, en específico, a estudiar el Derecho, pues no hay mucha diferencia de revisar una tesis de alguno de mis mejores alumnos, o bien organizar un paper o realizar un estudio de caso, que leer Una novela criminal. Volpi evoca a El proceso de Kafka (¡cómo no hacerlo!) para encontrar un símil en su relato. Mmmmmmm no sé, o (ZzzZzzZzzzzzZ)sea sí pero no, vamos, de verdad como literatura jurídica, como un relato judicial no ficcionado me resulta un tanto escaso de creatividad.

Se nos escapa otra gran oportunidad para escribir una gran novela jurídica de índole mexicana a manos de un gran novelista. Imagino los años, el tiempo que le invirtió Volpi a este proyecto y digo: ¡chingado, ojalá lo haya hecho a partir de la ficción!

Y ojo, yo exijo (ojo quizá también por mi formación y por que a esto me dedico) que Volpi no vuelva a escribir novela sin ficción. Lejos está No será la tierra, muy muy lejos Klingor, tanto que ya casi ni se vislumbra. Que no escriba otra novela sin ficción porque tampoco es un ensayo, difuminado está Leer la mente y la pinche joya que resulta El insomnio de Bolivar.

De nuevo trataré de aclararme, como novela es mala (porque no es una novela), como novela sin ficción pues mehhhhhh. O sea, no es que sea un parámetro objetivo pero suelo subrayar mis libros cuando encuentro las frases que más me gustan. En la novela de Volpi solo subraye cuestiones técnicas, cuando me encontraba alguna discrepancia con hechos que conocía del caso, al sorprenderme viendo reflejados a personas que conozco y poco más. No es por nada pero el prefacio está bonito y también la nota del final para comprender mejor a lo que uno se enfrenta. De hecho Jesús Silva-Herzog Márquez, en una nota que escribió sobre la novela, parte de la importancia del epígrafe (sospecho que fue lo único que leyó), y aunque es una reseña o una nota bastante diferente en comparación con lo que nos tiene acostumbrados (insisto, me parece que no refleja el contenido del libro), resulta favorable y asumible como un buen ejercicio para criticar al sistema de justicia en México, a la manera de hacer política judicial, en otras palabras, y de nueva cuenta, los mismos diciendo lo mismo sobre lo mismo.

La analogía con Kafka se me hace no solo fallida sino preponderantemente común. Se me ocurre una analogía más imaginativa, millennial, amigable y musical: Florence (Cassez) + The Machine. Pues al final es eso, el relato de alguien que enfrenta al sistema. Poco más.

¿Recomendaría la novela? Sí y no. Porque no es una novelaooooquelaverga. Cuando el acta del jurado que le concedió el Alfaguara dice que es un libro que rompe todas las convenciones del género, no se equivoca pues el texto es ambicioso políticamente, jurídicamente más o menos, pero literariamente en definitiva no. La descripción, me recordó una escena de Los Simpsons cuando en una feria mediaval se presumen animales fantásticos, por ejemplo el mitológico can de dos cabezas que nació con solo una cabeza y el legendario Esquilax, un caballo con cabeza de conejo y cuerpo de conejo.

De las tinieblas de la historia aparece el legendario Esquilax, un caballo con cuerpo de conejo y cabeza de conejo.png

Al final, perdón…, perdón, perdón, perdón, parece que volví a escribir una pinche reseña sobre la novela, digo sobre una novela que no es una novela. Sin embargo, no se me malinterprete, juro que no fue mi intención, en todo caso que se me acuse de haber escrito una reseña criminal. Una no reseña sobre una no novela.

Viñeta sobre abogado pro-bono

No me gusta escuchar la frase “tú obtienes lo que pagas”, cuando viene de nuestro abogado pro-bono


Viñetas sobre abogados.