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Sobre abogados deshonestos y Roberto Bolaño, a 14 años de su muerte

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Ayer, 15 de julio de 2017, se cumplieron catorce años de la muerte de Roberto Bolaño. De que le explotara el hígado mientras escuchaba “Lucha de gigantes” y terminaba su novela 2666. Se dice que la última palabra que escribió fue “México”, con la que precisamente termina dicha obra.

Desde hace años suelo escribir algo por su aniversario luctuoso pero esta vez la ocasión me agarró de viaje en Venecia y sin acceso a Internet. Me dio gusto, porque Bolaño decía que: “El paraíso es como Venecia, espero, un lugar lleno de italianas e italianos. Un sitio que se usa y se desgasta y que sabe que nada perdura, ni el paraíso, y que eso al fin y al cabo no importa“. Imagino, por tanto, que en el paraíso no hay wifi.

Entonces, aproveché la entrada de hoy domingo, y sobre todo también  que mi compadre Iván está leyendo 2666, para volver a algunas frases que tengo anotadas de Bolaño y algunos temas de mi interés.

Me encontré la siguiente que es sobre abogados deshonestos, y creo, en gran medida, también sobre México, pues dichas líneas se desarrollan en una escena que ocurre en tal país. Dicen así…

Si te vejan, te acostumbras. Si te miran por encima del hombro, te acostumbras. Si desaparecen tus ahorros, te acostumbras. Si tu hijo te estafa, te acostumbras. Si tienes que seguir trabajando cuando por ley deberías dedicarte a lo que te diera la real gana, te acostumbras. Si encima te bajan el sueldo, te acostumbras. Si para redondear el sueldo tienes que trabajar para abogados deshonestos y detectives corruptos, te acostumbras.

En México parecería que es fácil acostumbrarse a cualquier cosa (incluso a la corrupción), y no ser consecuentes en los distintos ámbitos en que nos desarrollamos como personas, para el caso concreto me refiero al ejercicio de la abogacía. “La moral es un arbol que sirve para dar moras..., o sirve para una chingada“, reza el clásico refrán acuñado por un priísta de abolengo en décadas pasadas para hacer referencia a las cuestiones valorativas en el ámbito profesional. En tiempos en los que el valor de decir que “no”, de rechazar cosas se difumina entre los compromisos previamente acordados y la cotidianidad, ojalá no nos acostumbremos a las cosas. Yo por ejemplo no me acostumbro a un mundo sin Bolaño.

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Diez ilustraciones del cuento Ante la Ley de Franz Kafka

Ayer, 3 de junio de 2017, se cumplieron 93 años de la muerte de Kafka (nos aproximamos al centenario, ¡yei!). Suelo escribir cada año sobre este autor, que es uno de mis favoritos, y de los primeros que me hicieron interesarme entre las intersecciones que despliega el derecho y la literatura.

Su cuento Ante la Ley me parece una obra brutal, que cualquier operador jurídico debería de conocer. De hecho, existe una vasta bibliografía escrita por abogados y no abogados sobre este relato. Tanta que bien vale la pena centrarse en otras interpretaciones que se le han dado a la misma, a través de las ilustraciones por ejemplo.

Así que bueno, a continuación diez ilustraciones sobre el cuento Ante la Ley, de diferentes artistas, que me encontré en Internet. Y, al final, el cuento.

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9.10. Y acá este artista, ilustró todo el cuento.

 


Ante la Ley

Ante la Ley hay un guardián. Hasta ese guardián llega un campesino y le ruega que le permita entrar a la Ley. Pero el guardián responde que en ese momento no le puede franquear el acceso. El hombre reflexiona y luego pregunta si es que podrá entrar más tarde.

—Es posible —dice el guardián—, pero ahora, no.

Las puertas de la Ley están abiertas, como siempre, y el guardián se ha hecho a un lado, de modo que el hombre se inclina para atisbar el interior. Cuando el guardián lo advierte, ríe y dice:

—Si tanto te atrae, intenta entrar a pesar de mi prohibición. Pero recuerda esto: yo soy poderoso. Y yo soy sólo el último de los guardianes. De sala en sala irás encontrando guardianes cada vez más poderosos. Ni siquiera yo puedo soportar la sola vista del tercero.

El campesino no había previsto semejantes dificultades. Después de todo, la Ley debería ser accesible a todos y en todo momento, piensa. Pero cuando mira con más detenimiento al guardián, con su largo abrigo de pieles, su gran nariz puntiaguda, la larga y negra barba de tártaro, se decide a esperar hasta que él le conceda el permiso para entrar. El guardián le da un banquillo y le permite sentarse al lado de la puerta. Allí permanece el hombre días y años. Muchas veces intenta entrar e importuna al guardián con sus ruegos. El guardián le formula, con frecuencia, pequeños interrogatorios. Le pregunta acerca de su terruño y de muchas otras cosas; pero son preguntas indiferentes, como las de los grandes señores, y al final le repite siempre que aún no lo puede dejar entrar.

El hombre, que estaba bien provisto para el viaje, invierte todo —hasta lo más valioso— en sobornar al guardián. Este acepta todo, pero siempre repite lo mismo:

—Lo acepto para que no creas que has omitido algún esfuerzo.

Durante todos esos años, el hombre observa ininterrumpidamente al guardián. Olvida a todos los demás guardianes y aquél le parece ser el único obstáculo que se opone a su acceso a la Ley. Durante los primeros años maldice su suerte en voz alta, sin reparar en nada; cuando envejece, ya sólo murmura como para sí. Se vuelve pueril, y como en esos años que ha consagrado al estudio del guardián ha llegado a conocer hasta las pulgas de su cuello de pieles, también suplica a las pulgas que lo ayuden a persuadir al guardián. Finalmente su vista se debilita y ya no sabe si en la realidad está oscureciendo a su alrededor o si lo engañan los ojos. Pero en aquellas penumbras descubre un resplandor inextinguible que emerge de las puertas de la Ley. Ya no le resta mucha vida.

Antes de morir resume todas las experiencias de aquellos años en una pregunta, que nunca había formulado al guardián. Le hace una seña para que se aproxime, pues su cuerpo rígido ya no le permite incorporarse.

El guardián se ve obligado a inclinarse mucho, porque las diferencias de estatura se han acentuado señaladamente con el tiempo, en desmedro del campesino.

—¿Qué quieres saber ahora? –pregunta el guardián—. Eres insaciable.

—Todos buscan la Ley –dice el hombre—. ¿Y cómo es que en todos los años que llevo aquí, nadie más que yo ha solicitado permiso para llegar a ella?

El guardián comprende que el hombre está a punto de expirar y le grita, para que sus oídos debilitados perciban las palabras.

—Nadie más podía entrar por aquí, porque esta entrada estaba destinada a ti solamente. Ahora cerraré.

Si Juan Rulfo fue alumno de Eduardo García Máynez, ¿por qué no fue abogado?

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Soy el blanco perfecto para cualquier vendedor. De verdad, si quieren que su campaña de marketing sea exitosa, contáctenme. Ofrézcanme cualquier novedad, para eso soy el mejor. Fanático de los infomerciales y entusiasta de cualquier moda, confieso que soy muy, pero muy, fácil para emocionarme por cuestiones tan comerciales como efímeras.

51kJULlsVcL._SX291_BO1,204,203,200_.jpgEntonces, por obvias razones, este lindo mes jubilar de mayo estoy releyendo a Juan Rulfo y leyendo lo que se ha escrito de Juan Rulfo. En específico, me he ganchado con Había mucha neblina o humo o no sé qué la biografía rulfiana de Cristina Rivera Garza. ¡Qué buen libro!, en verdad, tan bueno que me ha gustado más el Rulfo que ella esboza, que el Rulfo de verdad.

Leyendo dicha obra, descubrí que existe un hecho que ha pasado un tanto desapercibido en el marco de las celebraciones del centenario de Juan Rulfo, y que se relaciona con este blog y con mis temas de estudio, me refiero a su proceso de formación educativa.

Pocas personas conocen que la primera opción del joven escritor nacido en Sayula para estudiar una carrera profesional era la de abogado, ¡sí, abogado! Esto porque su abuelo fue abogado, y ya saben cómo influye la familia en estas cuestiones.

Ahora bien, se imaginan a Rulfo de abogado, redactando oficios, o haciendo sentencias, o hablando abogañol… No sé, digo, prácticamente, se puede afirmar que Rulfo fue un burócrata, ya que trabajó formalmente como funcionario, pero lo cierto es que formación jurídica (GRACIAS A DIOS), nunca recibió.

Sin embargo, la pregunta evidente sería ¿si Rulfo quería ser abogado, porque no terminó de abogado? Bueno pues investigando un poco en otras biografías me di cuenta que existen dos versiones que explican el porqué.

  • La primera, porque a Rulfo le fue negado el ingreso a la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional en la capital del país, por no conseguir la revalidación de sus estudios de bachillerato en Guadalajara.
  • La segunda, porque el Derecho le dejó de interesar y prefirió irse de antemano a la Facultad de Filosofía y Letras, de la cual también fue rechazado.

A pesar de ambas historias, no solo es que Rulfo no haya terminado de abogado, sino que nunca obtuvo una licenciatura, pues al ser rechazado dos veces de la Universidad (sea de dos facultades distintas o de la misma), este se vio en la necesidad de continuar su educación por vías no formales, es decir aprendiendo por su propia cuenta, asistiendo de oyente a distintas clases y conferencias.

En ese sentido cabe destacar que, como él mismo lo ha afirmado en un par de entrevistas, en la época en que asistió a la Universidad Nacional como oyente, tuvo la oportunidad de adquirir las enseñanzas de grandes maestros…, entre ellos, nada más y nada menos, que uno de los más lúcidos juristas que han existido en la historia de México: Eduardo García Máynez.

Ojo, García Máynez era una de esas extrañas aves que daba clases tanto en Filosofía como en Derecho (no por nada se ha dicho que el pensamiento de Máynez está demasiado cerca del Derecho para que los filósofos puedan comprenderlo y, al mismo tiempo, demasiado cerca de la filosofía para que para la mayoría de los abogados lo entenderlo), pero donde le dio clases a Rulfo fue en Filosofía… Sirva como prueba esta entrevista que publicó Sylvia Fuentes en 1985…

fui de oyente a Mascarones, a Filosofía y Letras, y ahí me pasaba en realidad oyendo las conferencias porque entonces los maestros daban conferencias, más que clases: eran don Antonio Caso, Vicente Lombardo Toledano, García Máynez; eran muy buenos maestros…

Viñeta sobre Dart Vader y Atticus Finch y el último libro de Harper Lee

Me encontré esta viñeta de Vader leyendo el último libro de la autora que más (¿y mejor?) ha posicionado en el imaginario colectivo un prototipo de abogado, es decir, el del protoabogado, el del súper abogado, moralmente inquebrantable y justicieramente también, aquel caracterizado a través del personaje de la novela, publicada en 1960, Matar un Ruiseñor: Atticus Finch.

Ahora que está tan de moda el universo de de Star Wars, cualquier cosa se puede relacionar con el mismo…, incluso Atticus Finch, y el libro recién publicado de Lee “Ve y pon un centinela”.

Yo no he leído el libro, pero sí algunas críticas, y no me dan nada de ganas de leerlo, pero bueno habrá que leerlo, aunque creo que esta viñeta tira una buena referencia de por dónde va.

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“Hmm… Atticus Finch también tenía un lado oscuro”.


Viñetas sobre abogados.

 

El nuevo abogado de Franz Kafka

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Hace 91 años murió Franz Kafka. El único ser humano que, según Roberto Bolaño, contemplará el fin del mundo desde un trono de hierro.

Kafka se doctoró en derecho en 1906, ejerció un año como abogado y después trabajó en una aseguradora. Ahí, se supone y según recuerdo, es cuando comienza a escribir.

Probablemente El proceso sea la obra (tanto en en el unverso kafkiano como también dentro de la narrativa en general) que más ha sido estudiada para abordar distintos temas jurídico-filosóficos desde la literatura. De esto se ha escrito, y se ha escrito mmm no mucho, pero más de lo normal. Sin embargo, las posibilidades de la obra del nacido en Praga para nada acaban ahí. Tanto cuentos, com pasajes de otras novelas, como su misma biografía, ponen de relieve una obra con un trasfondo donde yacen un montón de cuestiones legales.

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Un ejemplo claro, relacionado de manera directa con abogacía, es el cuento “El nuevo abogado”, escrito en 1917, y que se encuentra dentro del último libro publicado en vida por Kafka Un médico rural.

Replico el relato completo, sin necesidad de algún análisis o comentario, esto porque antes que aducir algún argumento falaz que diga que el relato se cuenta solo, la verdad es que estoy usando el mismo para un trabajo que estoy haciendo. Y pues a nadie le gustan los spoilers. Solo puedo decir que, como todo lo que escribió Kafka, el relato está muy, pero muy, pinche bueno.


kafka_blacque_jacquesflickrEl nuevo abogado

Tenemos un nuevo abogado, el doctor Bucéfalo. Poco hay en su aspecto que recuerde la época en que era el caballo de batalla de Alejandro de Macedonia. Sin embargo, quien está al tanto de esa circunstancia, algo nota. Y hace poco pude ver en la entrada a un simple ordenanza que lo contemplaba con admiración, con la mirada profesional del aficionado a las carreras de caballos, mientras el doctor Bucéfalo, alzando gallardamente los muslos y haciendo resonar el mármol con sus pasos, ascendía escalón por escalón la escalinata.

En general, la Magistratura aprueba la admisión de Bucéfalo. Con asombrosa perspicacia dicen que dada la organización actual de la sociedad, Bucéfalo se encuentra en una posición un tanto difícil y que en consecuencia y considerando además su importancia dentro de la historia universal, merece por lo menos ser recibido. Hoy –nadie podrá negarlo– no hay ningún Alejandro Magno. Hay muchos que saben matar, tampoco escasea la pericia necesaria para asesinar a un amigo de un lanzazo a través de la mesa del festín; y para muchos Macedonia es demasiado reducida y maldicen en consecuencia a Filipo, el padre; pero nadie, nadie puede abrirse paso hasta la India. Aún en sus días las puertas de la India estaban fuera de todo alcance, aunque su camino fue señalado por la espada del rey. Hoy dichas puertas están en otra parte, más lejos, más alto; nadie muestra el camino; muchos llevan espadas, pero sólo para blandirlas, y la mirada que las sigue sólo consigue confundirse.

Por eso, quizás, lo mejor sea hacer lo que Bucéfalo ha hecho, sumergirse en la lectura de libros de derecho. Libre, sin que los muslos del jinete opriman sus flancos, a la tranquila luz de la lámpara, lejos del estruendo de las batallas de Alejandro, lee y relee las páginas de nuestros antiguos textos.

¿Cuántos abogados han ganado el premio Nobel de literatura?

Recién finalizó la semana de entrega de unos de los premios más mediáticos (¿y prestigiosos?) del mundo. No me refiero a los premios Oscar, sino a los premios Nobel.

Este 2014. El de literatura lo ganó el novelista francés, de origen italiano, Patrick Modiano. Significando que, por quién sabe cuántos años consecutivos, Haruki Murakami (otra vez) no ganó.

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No existe un premio Nobel de derecho. No obstante, a lo largo de la historia de los premios han sido distintas las personas laureadas que han cursado estudios en derecho.

Me centraré en el premio Nobel de literatura. Pues además de las influencias recíprocas entre derecho y literatura, es bien conocido que un gran número de personas que han comenzado estudiando derecho, terminan escribiendo literatura, o bien sencillamente abandonando la primer carrera, o por el contrario, utilizándola como trampolín para ejercer el oficio de la escritura, o incluso adecuándola y haciéndola compatible con otras actividades afines.

Y es que tanto literatos como juristas tienen el común denominador de ser personas que profesan y cultivan las letras, aunque en sentidos opuestos (sin que esto necesariamente sea incompatible).

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Neruda no estudió derecho, aunque siempre estuvo relacionado con el mundo de la diplomacia. Precisamente se le atribuye a él quien haya sido quien sonsacó a Paz para que no se titulara como abogado y se involucrara de lleno en la literatura.

A continuación, presento las personas (dentro de los 111 premios Nobel de literatura que se han entregado en 107 ocasiones desde 1901 hasta 2014) que han iniciado estudios formales de derecho y que han ganado el Nobel de literatura.

De antemano, es pertinente señalar que la lista es engañosa. Pues no por decir que hayan estudiado derecho, significa que hayan ejercido propiamente la profesión, o de plano terminado la carrera. De ahí que con un asterisco se señalan aquellos que iniciaron sus estudios para ser abogados pero a la postre prefirieron abandonarlos.

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La lista es de elaboración propia. Cualquier corrección o enmieda es bienvenida.

Respondiendo a la pregunta de ¿cuántos abogados han ganado el premio Nobel de Literatura? Hasta 2014, la respuesta, en sentido estricto, sería ninguno. A caso se podría decir que Theodor Mommsen quien era romanista y catedrático de derecho en distintas universidades en Europa. Sin embargo, respondiendo en sentido amplio, se podría afirmar que 17, de los cuales 6 abandonaron la carrera en derecho y 11, sencillamente, nunca ejercieron o más bien prefirieron dedicarse por entero a la creación literaria.

Roberto Bolaño sobre los abogados (también sobre los políticos y los escritores)

“Tengo diecisiete años, me llamo Juan García Madero, estoy en el primer semestre de la carrera de Derecho. Yo no quería estudiar Derecho sino Letras, pero mi tío insistió y al final acabé transigiendo. Soy huérfano. Seré abogado. Eso le dije a mi tío y a mi tía y luego me encerré en mi habitación y lloré toda la noche. O al menos una parte de ella”.

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Así inicia el segundo párrafo de una de la mejores novelas mexicanas que se han escrito en los últimos tiempos, Villoro dixit, Los detectives salvajes de Roberto Bolaño.

Para nada resulta casual que Bolaño haya decidido hacer énfasis, desde la primer página de su máxima obra, sobre la tensión existente entre derecho y literatura.

Existe una gran, pero gran, cantidad de escritores que han iniciado la carrera en derecho, o combinando ambas profesiones, o abandonando alguna de las dos, o sencillamente con la finalidad de tener un respaldo, en caso de que su producción literaria no llegué a buen término.

Sin embargo, las referencias a la profesión jurídica, o al mundo del derecho, a través de la narrativa de Bolaño, se encuentran perspicazmente matizadas para fungir como catalizadores que conducen, de manera invisible, la historia pretendida.

Un buen ejemplo de esto que menciono se encuentra en “El Gaucho Insufrible”, cuento que inaugura el libro de cuentos y ensayos con el mismo nombre. No doy spoilers.

Justamente, hoy se cumplen once años del fallecimiento del escritor nacido en Chile. Su obra abordó múltiples temas. Pero inevitablemente, al final, Bolaño siempre pero siempre escribió sobre escribir, sobre literatura.

En el libro póstumo Entre paréntesis, que recoge sus artículos, ensayos, crónicas y entrevistas a lo largo de su vida, se encuentra una referencia clara hacia los abogados, aunque, obviamente, abordadas de forma tangencial debido a su obsesión por escribir sobre escribir.

El texto se llama “Exilios” y trata, brevemente, la idea de la abogacía como profesión de índole local, con dificultades para ejercerla fuera del lugar donde se haya estudiado, en contraposición con la del escritor. Destaco la imagen del pez fuera del agua que me parece precisa.

La cita es la siguiente:


En el mejor de los casos el exilio es una opción literaria. Similar a la opción de la escritura. Nadie te obliga a escribir. El escritor entra voluntariamente en ese laberinto, por múltiples razones, claro está, porque no desea morirse, porque desea que lo quiera, etc., pero no entra forzado, en última instancia entra tan forzado como un político en la política o como un abogado en el Colegio de Abogados.

Con la gran ventaja para el escritor de que un abogado o un político al uso, fuera de su país de origen, se suele comportar como pez fuera del agua, al menos durante un tiempo. Mientras que a un escritor fuera de su país de origen pareciera como si le crecieran alas.

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Bukowski sobre los abogados (también sobre doctores, plomeros y escritores)

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Eran los abogados, médicos, y los plomeros, los que ganaban dinero. ¿Los escritores? Los escritores se morían de hambre. Los escritores se suicidaban. Los escritores se volvían locos.

“Un abogado de su propia causa”, antipoema de Nicanor Parra

Nicanor Parra, creador de la antipoesía, ganador del Cervantes en 2011, hermano de Violeta, y quien según Roberto Bolaño “no escribe sobre la pureza. Sobre el dolor y la soledad sí que escribe; sobre los desafíos inútiles y necesarios; sobre las palabras condenadas a disgregarse así como también la tribu está condenada a disgregarse“, tiene dentro de su vasta obra, un antipoema donde hace alusión a la profesión de abogado… En lo personal es uno de mis poetas favoritos. Tanto así, que si algún día termino mi tesis doctoral, tengo el firme propósito de iniciarla con su siguiente verso:

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El antipoema lo encontré en este libro que compila, en inglés y en español, diversas composiciones del chileno próximo a cumplir cien años de vida en este septiembre.

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Le pedí de favor a mi querido Cristo Corvalán, oriundo de Valparaíso, aunque con hartas ganas de ser mexicano (en específico del norte del país), compañero de generación en el doctorado aquí en Madrid y sobre todo alegre y buen amigo, que me compartiera su interpretación de lo que escribe Nicanor en este antipoema. Va…

En este caso es un abogado de su propia causa, no está ahí defendiendo intereses ajenos sino propios, llega a un lugar que suele estar relacionado con el deber de guardar respeto por los muertos, un lugar de oración, también de peticiones para que el finaito interceda en favor del visitante (ojo con esto, podría ser el abogado desesperado que pide ayuda extraterrenal), pero sobre todo importa que va un lugar de recogimiento, de paz, de descanso eterno y que representa además el momento en que te llega la hora de rendir cuenta por tus malas actitudes en vida.

Los claveles son flores que se regalan en señal de respeto, amor y/o admiración, y no sólo por los muertos, también para los vivos; pero en este caso son rojos, lo que uno podría relacionar con amor.

Llega y se descubre con solemnidad: respeta los usos apropiados al lugar y muestra al muerto el respeto aún ante su no presencia. Es típica la asociación de los abogados con el respeto a las formas, no sólo jurídicas (que es lo que nosotros sabemos como abogados formalistas), sino también a las buenas costumbres, los buenos usos (de hecho, un profe dijo alguna vez que el título de abogado era el único título nobiliario que quedaba vigente en Chile; los título nobiliarios los abolieron por el 1815); en palabras simples: es reconocido como el gentleman sudaca jajaja.

Cuando llega el momento de depositar su ofrenda (lo que podría confirmar que está ahí por un interés rogatorio, pidiendo una intervención del más allá en su favor, porque es abogado de su propia causa) no tiene donde hacerlo y no decide nada mejor que robarse, ni siquiera un florero, un tarro de duraznos que alguien humildemente improvisó como florero. Aunque respeta todos los buenos usos, acorde a su condición de abogado, defiende sus intereses sin importar echar mano a una trampita, a una improvisación, a fin de que resulte lo que quiere obtener.

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Decidí compartir íntegramente lo que me contestó mi amigo. Y es que, como casi siempre, la verdad suelo coincidir demasiado con todo lo que dice mi querido Cristo. Creo que alterar su interpretación o acaso completarla sería tan osado como innecesario. Además es chileno. Y que un chileno interprete a otro chileno en el contexto chileno, es casi casi lo mismo que un mexicano escriba sobre mexicanos en México. O sea, asegura una calidad y fidelidad al entorno que cualquier interpretación realizada por algún ignoto outsider estaría fuera de lugar. No por nada la mejor novela sobre mi país la escribió Roberto Bolaño que era…, mexicano.

P.D. La bandera de la imagen no es la de Texas, es la de Chile.

Monsiváis sobre los abogados

A cuatro años de la muerte de Carlos Monsiváis, se le extraña, y se le extraña mucho. Sin embargo, ¿de qué no escribió el mayor cronista de México? La abundancia y variedad de su obra es tal, que queda Monsi para rato.

Obviamente los abogados fueron objeto de su peculiar análisis. En un artículo titulado: «Si no compra no predique”: hacia una crónica de los comunicadores en América Latina», publicado en la revista Diálogos de la comunicación, de Federación Latinoamericana de Facultades de Comunicación Social (FELAFACS), con su ameno estilo, el escritor define a los abogados en un contexto particular, al mismo tiempo que los critica por la manía de autoconsiderarse como los todólogos de la vida en sociedad.

A continuación la cita y acá el link al artículo completo.


En lo que al prestigio laboral se refiere, el siglo XX latinoamericano comienza con ingenieros y médicos en la honrosa segunda fila, y en el centro los abogados que hacen y rehacen las leyes, determinan el proceso cultural, crean y modifican las instituciones, aprovisionan a dictadores y Presidentes de la República con discursos grandilocuentes, redactan los manifiestos subversivos y los textos oficiales, forjan los estilos del habla culta con todo y dicción, son a la vez los bohemios y los grandes burgueses.

En las sociedades emergentes ser abogado significa disponer de una capacidad o una incapacidad proteicas, y si el litigante inspira temor (el modelo del licenciado que se come literalmente las pruebas en contra de su cliente, y fabrica conjuras), y si el jurista es sinónimo de solemnidad republicana, el licenciado que cita a los clásicos y tiene una gran biblioteca es por lo menos garantía de preocupaciones humanistas. A los abogados e incluso a los que se quedan a medio camino en la carrera, se les cree dotados de incontables recursos. En el más inobjetable sentido del término, los licenciados en Derecho son los “milusos” que dicen o confeccionan discursos, redactan artículos y ensayaos, escriben si crédito letras de canciones y con crédito poemas de amor o protesta, imaginan lemas propagandísticos, imparten cuarenta o cincuenta clases a la semana en escuelas preparatorias…

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