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Evento: Entre la Libertad y la igualdad – Una conversación con la obra de Rodolfo Vázquez

Hoy jueves 10 de noviembre y mañana viernes 11, en el Auditorio Raúl Baillères del ITAM, en Ciudad de México, organizado por el IIJ-UNAM y por el mismo ITAM, se llevará a cabo un coloquio en torno a la obra de Rodolfo Vázquez. El evento tiene una pinta buenísima, desde Gargarella, Lamas, Moreso, Caraciollo, De Lucas, Aguiló, hasta Schmill, Woldemberg y Pérez Tamayo, además de una larga lista de invitados de lujo. De verdad que si tienen la oportunidad, no dejen de asistir.

Rodolfo es un gran jurista, y una mejor persona. En México, su obra, su testimonio, y sus enseñanzas vienen a significar una esperanza por lo que debería ser una personas comprometida con la filosofía y lo que debería de significar la academia. Su generosidad es tremenda, de mi parte no tengo más que palabras de agradecimiento y admiración hacia su persona. Ojalá más juristas como Rodolfo, ojalá sigamos con su ejemplo.

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Memes sobre el positivismo (jurídico)

Hace unos días, un buen amigo y maestro, me mandó por Whatsapp el siguiente meme sobre el positivismo…, más bien sobre el término positivista cuando erróneamente se confunde con una concepción optimista de lo que sucede:

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Habrá que decir algo al respecto, pues tal vez el positivismo, el positivismo jurídico en específico (no el de Comte), ha sido uno de las concepciones que más confusión y polémica han generado en la historia contemporánea (de la teoría del Derecho). Y sospecho que por ignorancia. O porque lo que se ha leído sobre el positivismo es solo lo mainstream, o un resumen de lo que es el positivismo, o lo que ha dicho Bobbio, o Dworkin cuando critica a Hart, ¡o incluso a Kelsen!

Así que ahora, volver a enredar el tema añadiéndole una dosis de optimismo, como que no ayuda mucho.

De entrada, habrá que aceptar que el positivismo jurídico a través de la historia ha gozado de mala fama (no recuerdo dónde pero estoy seguro que mi amigo y maestré Luis Lloredo escribió al respecto e hizo recorrido cronológico en ese sentido). Quizá últimamente esta mala fama ha encontrado mayor difusión gracias a algunas de las teorías de la argumentación jurídica, que postulan al positivismo como una mmm no mala, pero sí insuficiente teoría para explicar el Derecho. O no, creo que sí he leído o escuchado en alguna parte que se le etiqueta como una mala teoría del Derecho. Esto puede ser que sea cierto, sobre todo si se compara una concepción con la otra, y también si se considera el origen y la evolución, o más bien la posibilidad de adaptación al contexto actual, de cada una de estas teorías.

Ahora bien, entender al positivismo jurídico como concepción implica desconocer otras maneras de entenderlo. Maneras mucho más amplias, versátiles, y sobre todo consecuentes con el fenómeno jurídico.

Por lo general, se han utilizado tres distintas estrategias de aproximación al positivismo jurídico: la teórica (o conceptual (la más conocida)), la histórica y la ideológica-política.

  • De la primera, diré más bien poco, quizá solo que valdría la pena mencionar que no por el hecho de ser la más popular es la mejor, ni tampoco la única y definitiva.
  • La segunda, ideada y difundida en gran medida gracias a Felipe González Vicén, entendiendo a este movimiento como un “hecho histórico” para indagar así en los fundamentos epistemológicos que subyacen tras el mismo, su intención no es llegar a una definición definitiva, sino denunciar la indeterminación conceptual de esta modalidad general de comprender la realidad jurídica.
  • La tercera, cuyo fundador y principal exponente es Uberto Scarpelli, quien renuncia a identificar al positivismo como un movimiento científico, y postula que este sólo es posible entenderlo “como un movimiento comprometido con una forma de organización jurídico-política concreta”, para dar cuenta de las razones político-sociales que se entrecruzan entre el rol de los operadores jurídicos y la construcción de esa esencia ideológica que concuerda y se manifiesta en el Estado moderno.
  • Al margen de estas diferentes aproximaciones, es pertinente mencionar que en años recientes se han desarrollado novedosos enfoques interdisciplinarios que, comulgando con la aproximación histórica y la ideológica, apelan por la comprensión del positivismo a través de los modelos de los paradigmas científicos propuestos por Thomas S. Kuhn, me refiero a lo postulado por Luis Lloredo, a través de su libro de Jhering, y de diversos artículos académicos.

En fin, no me propongo por medio de este post realizar una apología del positivismo, pues ni me parece algo por lo que valga la pena dejarse la vida, ni tampoco es como que no exista gente que lo defienda y clarifique mucho mejor que yo. Lo que sí, tal vez, pero solo tal vez, propongo sería dejar de confundir no solo a los abogados, sino y sobre todo a cualquier persona que tenga relación con el Derecho sobre lo que significa el positivismo.

Por acá también otras, tardías y replicadas, versiones del meme en cuestión:

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Sobre el “Primer Congreso de Filosofía del Derecho para el Mundo Latino”

Screen Shot 2016-03-13 at 4.40.40 PMEn Alicante, España, del 26 al 28 de mayo de 2016, se llevará a cabo mmm, estaba pensando algo así como que el “Woodstock de la filosofía jurídica”, pero no, no me termina de convencer la analogía, sobre todo porque en dicho festival artístico, a pesar de que convergen muchos estilos musicales, lo que preponderantemente se escucha son composiciones en inglés. Pensaba también en una especie de “Olimpiadas”, o “Mundial”, pero el carácter global y competitivo de dicho par de eventos no termina de gustarme.

Pero bueno la idea es esa, justo como en los grandes festivales de música, tres intensos días de expresiones culturales, de coincidir con gente muy diversa pero bien interesante, de escuchar cosas que nunca antes hayamos escuchado, pero sobre todo de celebrar ideas afines sobre una determinada concepción de nuestro entorno. En ese sentido lo que genera la música, acá lo intenta la filosofía del Derecho.

imgresTal vez, pero solo tal vez, pueda equiparar lo que se estará celebrando los próximos meses en la Universidad de Alicante a una especie de gran encuentro interreligioso y ecuménico, pues, según me entero, todas las corrientes convergerán ahí… Desde algunos iusnaturalistas que aún quedan dispersos por el mundo, pasando por los críticos, las feministas, los realistas-sociológicos, obviamente los lógicos y también los deónticos, hasta los eternamente resurrectos de los positivistas, los neoconstitucionalistas, y los teóricos de la argumentación.

“De chile, de dulce, y de manteca”, reza un dicho gastronómico popular mexicano para hacer referencia a la amplia existencia de posibilidades. Bueno pues algo así…, y es que todas las escuelas, todos los autores, estarán ahí, solo hace falta ver los nombres de quienes conforman el “Comité de Honor”, para hacerse una idea de lo plural de este encuentro:

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Maestros de maestros, de diferentes escuelas y geografías alrededor del mundo, bueno no, dentro del mundo Latino…

Y es que desde hace tiempo, Manuel Atienza ha estado impulsando esta idea de que la filosofía del Derecho es una disciplina muy vinculada a un medio cultural. En sus palabras: “no existe, para decirlo claramente, un foro de discusión mundial en el que se practique lo que suele llamarse un discurso racional, en el que todos los participantes estén en igualdad de condiciones. Y lo que ocurre es que, en ese contexto dominado por la cultura anglo-americana, muchas veces da la impresión de que la aspiración de los autores latinos es simplemente la de poder llegar a ser citados por alguno de esos autores anglos… digamos en nota a pie de página. Y yo creo que deberíamos reaccionar frente a esa situación: podemos, y debemos, aspirar a más”.

No por nada, Riccardo Guastini ha dicho que “Los anglosajones no conocen otra lengua que la propia, así que no saben nada de lo que se publica en Europa continental o en América latina, y sus trabajos son completamente auto-referenciales”.

Así entonces, convienen resaltar varios aspectos importantes sobre este congreso, que obtengo de la página del mismo:

  1. El carácter “latino” y no meramente iberoamericano del Congreso y de la Asociación que pudiera llegar a constituirse. Con ello se trata de incorporar a países, como Italia, Francia o Bélgica, cuyo peso en el ámbito jurídico y filosófico es manifiesto y que, realmente, forman parte del mismo círculo cultural al que pertenece el resto.
  2. La cercanía entre las diversas lenguas romances ya que permite que, sin demasiado esfuerzo, todos podamos aceptar una especie de plurilingüismo pasivo, de manera que cada cual pueda hablar (o escribir) en su propia lengua y esperar que los demás sean capaces de entenderle.
  3. El rol que tendrán las personas jóvenes, pues una comunidad iusfilosófica sólo puede funcionar si hay un adecuado diálogo intergeneracional y se incentiva a los más jóvenes a participar en el Congreso y a seguir adelante con el proyecto; por eso, aunque la iniciativa de organizar este congreso y de constituir la asociación pertenezca sobre todo a los más seniors, conviene que de ambos instrumentos se hagan cargo en seguida los más jóvenes, de cuyo desempeño depende, obviamente, el futuro de una tradición cultural tan relevante como la filosofía del Derecho.

En un ámbito que muchas veces ha gozado de mala fama por ser elitista, hermético, metafísico, añejo y de escaso anclaje con la realidad, el Congreso iLatina viene a intentar romper esa inercia, o más bien a revitalizar la manera de entender la filosofía jurídica. De ahí que los temas a discutir y debatir sean los siguientes:

  1. ¿Qué Filosofía Del Derecho Para El Mundo Latino?
  2. Los Derechos Sociales En El Estado Constitucional
  3. Pluralismo Jurídico, Multiculturalidad, Derecho Indígena
  4. Anomia y Estado De Derecho
  5. Argumentación, Racionalidad y Derecho
  6. Nuestros Clásicos

Y, también, que el formato de discusión en plenario no sea el tradicional, sino que sea a través de un relator que elaborará una síntesis de las ponencias recibidas y después abrirá un debate general (lo más prolongado posible), para precisamente fomentar una buena discusión transversal.

Cuando tuve la oportunidad de preguntarle a Atienza sobre los objetivos de este Congreso, después de plantearme lo del carácter regional, de hablarme de Vaz Ferreira, y demás temas, terminó diciéndome lo siguiente:

Hay que aprovechar la circunstancia de que hoy existe un buen número de iusfilósofos con un alto nivel de cualificación y el hecho de que fuera de la propia filosofía del Derecho existe también un interés por las cuestiones teóricas, la consciencia de que la (buena) práctica depende de la (buena) teoría”.

En ese orden de ideas, es de valorar el gran esfuerzo que está haciendo la escuela alicantina no solo por organizar este gran Congreso (y fundar la asociación que se derive del mismo), sino, y sobre todo, por tender puentes entre la teoría y la práctica. Entre la filosofía jurídica y la sociedad.


Al día de hoy, según me informan, ya hay más de 210 participantes inscritos. A los cuales hay que añadir los más de 60 estudiantes que, este año, cursarán el Master en Argumentación Jurídica. Así que quizá la cifra pase los 300. También es importante mencionar que en la web ya hay al rededor de 40 ponencias disponibles correspondientes a los más importantes representantes de la filosofía de Derecho de nuestro entorno (si a alguien le interesa presentar algo el plazo se acaba de ampliar hasta el 15 de abril).

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Iniciaba con la analogía del festival de Woodstock porque, en sus inicios, es decir en la primera edición del mismo (durante 1969), nadie se lo quería perder, o más bien, todos querían ser parte de dicho evento, pues más allá de la presencia de Creedence Clearwater Revival, The Who, Santana, Hendrix, Joplin… etcétera, etcétera, etcétera, distintas actuaciones de quienes ahí se presentaron se volvieron realmente un hito en la historia del rock mundial… Yo no sé qué pase en Alicante durante el Primer Congreso de Filosofía del Derecho para el Mundo Latinopero para nada me lo perderé. ¡Allá nos vemos!

Así que bueno… Quedan sólo unos días para pagar el precio de la tarifa diferenciada, así que aprovechen. ¡Si tienen la oportunidad, vayan! Y si no pueden ir, pues no tienen excusas ya que también existe la modalidad virtual, que permite seguir las sesiones en streaming y da derecho a un certificado oficial de participación en el Congreso.

Por acá el cartel (casi) definitivo del evento:

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Caricaturas sobre teóricos del derecho. A propósito del día del dibujante

Me entero que el día de hoy, 10 de noviembre, acá en Argentina se celebra el día del dibujante. Aprovecho la oportunidad para publicar distintos retratos y caricaturas de diferentes teóricos del Derecho, o gente relacionada con el mismo, que por ahí he ido recopilando.

El orden de la lista no responde a ningún criterio. Reitero, es solo lo que me he venido encontrando a lo largo de varios meses. Feliz día a tanta gente tan creativa, que con sus manos dedica tiempo a hacer del Derecho algo menos gris y más colorido.


1. Luigi Ferrajoli

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2. Norberto Bobbio

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3. Ronald Dworkin

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4. Catherine MacKinnon

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5. Carlos Nino

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6. Boaventura de Sousa Santos

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7. Riccardo Guastini

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9. Hans Kelsen

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10. Gregorio Peces-Barba

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11. Roberto Gargarella

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11. Richard Posner

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13. Rudolf von Jhering

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14. Carlos Gaviria Díaz

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Aunque no propiamente juristas, acá la caricatura de algunas personas más que han contribuido a la cultura jurídica a través de sus obras:

John Rawls

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– Martha Nussbaum

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– Jacques Derrida

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– Pierre Bourdieu

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– Jurgen Habermas

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– Judith Butler

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– Michel Foucault

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– Hannah Arendt

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… Y el plus, un clásico ya dentro de la iconografía filosófica:

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Definición (alternativa) de falacia

Todo mal, todo tarde, toda a última hora” “Todo mal, todo tarde, toda a última hora“, mi mantra predilecto, o mi futuro epitafio, da igual.

Hoy, en los últimos minutos del plazo establecido, terminé la tesina con la que concluye la quinta edición del Máster en Argumentación Jurídica por la Universidad de Alicante.

manoua1El saldo de haber elegido estudiar con los alicantinos, a todas luces, es positivo. No le pondría pero alguno. Sinceramente  recomendaría a cualquier persona el programa, bueno no es cierto, a cualquier operador jurídico, bueno no, no se crean, estaría muy bien también que periodistas, filósofos, políticos, humanistas en general, estudiaran argumentación y filosofía jurídica. Ahí está la clave, la verdad es que esos dos meses para los filósofos del derecho en la Universidad de Alicante sería parecido a ser musulmán y visitar la Meca en el mes sagrado. Y bueno del congreso el otro año, después escribo algo en concreto, pero tengo la sospecha que vendría a ser como que una especie de un gran festival de rock, de esos memorables que nadie olvida y que nadie se quiere perder, un Woodstock jurídico, un Coachella del derecho, y también, por qué no, al mismo tiempo vendría a representar una especie de golpe sobre la mesa, la cereza sobre el pastel, la joya de la corona, por parte de la Escuela Alicantina al erigirse como LA corriente dominante dentro de la filosofía del derecho contemporánea en el mundo latino. O no sé, al menos esa es mi impresión, habrá que ver qué pasa en los próximos años.

Decía que, sin dudarlo, recomiendo el Máster alicantino porque a pesar de que no estés convencido del giro argumentativo, o de que no creas en la argumentación jurídica (lamentable y tristemente), si le quieres saberle dos-tres al asunto, o por lo menos estar enterado, debes conocer sobre argumentación jurídica, y la propuesta que articula Atienza y secuaces (Pancho Villa y su Dorados, diría Macario Alemany), es bastante accesible y atractiva.

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He de confesar que yo iba bastante escéptico, y que al final no puedo decir que quedé cien por cien convencido, prefiero otras corrientes más bien críticas o un poquito más sociológicas, yo qué sé, pero, para bien o para mal (como ser positivista, hihi), también he de decir que después de esta experiencia me queda bastante claro la importancia de la argumentación en el derecho contemporáneo, (creo que) conozco (a grandes rasgos) las principales corrientes al respecto, y ando con cuidado para distinguir y poder denunciar cualquier tipo falacia que se me presente.

Falacias, todo un tema. Ah y cómo gustan a los abogados. Estoy pensando en un paper (que probablemente nunca escribiré) que se titule “¿Pueden, y deben, los abogados utilizar falacias?”, estoy seguro que sería todo un hit. La rompería en Academia.edu… Ok, no. Ni de chiste. Pero no sé, este tema llama muchísimo, pero muchísimo la atención entre el gremio. Tengo la sospecha que una perspectiva que se puede explorar al abordar la cuestión de las falacias es la moral, antes que una análisis formal, o meramente argumentativo, la delgada línea entre lo que se puede hacer y lo que se debe hacer, para el caso de los abogados, puede desmadrarse, y explotarse, fácilmente. Teorizar sobre la mentira en el derecho, en el ejercicio de la abogacía, tiene importantes potencialidades. De hecho, ahora que ya estoy escribiendo esto, recuerdo que allá en Alicante una de las conferencias que más triunfó entre los asistentes fue la de Luis Vega Reñón, digamos una de las principales referencias en el tema de las falacias. Para el profesor Vega, una falacia, en términos generales, sería: un mal argumento que, de entrada al menos, parece razonable o convincente, y en esa medida resulta especioso.

Su definición de falacia me parece acertada, para la categorización y desarrollo que después hace de las mismas. Ahora bien, que sea acertada no significa que sea la única, ni tampoco que sea la más mmm realista. A través del Twitter de @pulgarebelde (a quien recomiendo ampliamente darle folou) me encontré esta otra, que según me explica es de un diccionario titulado Mary Grottos And Lovers Illustrated Dictionary, y que realizó una extravagante poetisa de Colima.

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No creo que haga falta añadir nada más… Habrá que teorizar sobre falacias.

Eventos: Atienza en la Escuela Libre de Derecho y presentación en el ITAM del libro “Derechos políticos y democracia en México” coordinado por Rubén Becerra y Polo Gama

Tengo bien descuidada esta sección/función del blog. Creo que es un buen momento para intentar revivirla, pues este jueves 1 de octubre, antes del 2de octubrenoseolvida, si están en Ciudad de México, habrá un par de eventos para abogados que tienen buena pinta, y que pueden ser interesantes, y que aunque no sean propiamente sobre abogados, cuando uno le da un par de vueltas descubrirá que sí. O algo así… Eso o la tesis doctoral me consume lentamente. En fin.


El primero. Por la mañana, en la Escuela Libre de Derecho. Una conferencia de Manuel Atienza sobre la relevancia de la argumentación jurídica en la filosofía del derecho.

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El segundo. Por la tarde en el ITAM. La presentación del libro “Derechos políticos y democracia en México”, que fue coordinado por Rubén Enrique Becerra Rojasvértiz y, mi buen amigo, Leopoldo Gama. Lo comentarán, entre otros, Karina Ansolabehere de FLACSO, y el Magistrado de la Regional Monterrey TEPJF, Reyes Rodríguez Mondragón.

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8 preguntas sobre abogados (y algo más) a Luis Lloredo

El pasado día miércoles 22 de julio de 2015, en el café Tipos Infames cerca de Malasaña, en Madrid, tuve la oportunidad de entrevistar a Luis Lloredo (Madrid, 1983).

DSC00454-300x200Luis Lloredo Alix, es doctor en Filosofía del Derecho y Derechos humanos por la Universidad Carlos III de Madrid, se desempeña como docente investigador en la Universidad Autónoma de Chile, donde actualmente, en el marco de un proyecto FONDECYT, encabeza una investigación sobre el concepto de autonomía del derecho y una propuesta de reconceptualización del Derecho en los términos de la teoría de los bienes comunes.

A Luis lo conocí en septiembre de 2012, justo recién cuando llegué a España, durante mis primeras clases del Máster en Estudios Avanzados en Derechos Humanos en la Carlos III. Me impartió la materia de “Historia de los derechos humanos”, haciendo énfasis en el período de la Revolución Francesa. Desde su entrada al salón de clases en Getafe, me llamaron la atención dos cosas:

  • Una, su edad: Era un tipo (relativamente) muy joven comparado con algunos viejos (y añejos) profesores que nos dieron clases durante los primeros días.
  • Dos, que traía tres libros bajo el brazo, uno de ellos: La invención de los derechos humanos de Lynn Hunt. Yo había encontrado el libro de Hunt unos meses antes y me pareció una de las mejores obras que leí sobre derechos humanos. Me gustó demasiado, de hecho, hoy en día, probablemente, siga afirmando que es el mejor texto que haya leído sobre el tema. El único problema que le encuentro es que no imagino cómo dicho libro puede transmitirse al momento de enseñar derechos humanos. Es decir, no lo visualizo ni como un libro de texto, ni como un manual para un curso de esta materia. Son tantos los datos y las anécdotas, que a veces creo que antes que una obra propiamente científica, la clasificaría dentro del apartado de narrativa. No sé.

523363El caso es que comenzó la primera clase de Luis y, solo unos minutos después, quedé sorprendido porque, antes que estar presenciando una clase de historia, la persona que tenía frente a mí me estaba haciendo interesarme por la historia. Era como si el libro de Hunt cobrara vida en el aula. Antes que una aburrida, monológica, e inerte clase magistral (muy pero muy habituales por las aulas españolas), Lloredo exponía sus ideas de manera dinámica. Recuerdo que conforme pasaba el tiempo yo me contrariaba al escuchar la historia de los derechos humanos desde una óptica tan diferente como interesante. Más que una historia, Luis relataba una historia alternativa de lo ocurrido, una contra-historia. Antes que sumergirse en la clásica división de poderes, en los conocidos fundamentos del contrato social, o la típica y cursi historia de cómo el pueblo de Francia provocó la abolición de una monarquía absoluta, Luis contaba (como si él mismo lo hubiera presenciado) desde los problemas con el juego que tuvo Voltaire, la compleja vida de Olimpia de Gouges, pasando por los vicios y la vida anti-ilustrada de Rousseau, hasta la literatura, la pintura, el teatro, y la difícil manera de vivir en dicha época. Todo esto al mismo tiempo que llenaba la pizarra con apellidos de autores que recomendaba leer y relacionándolo todo con cuestiones culturales de épocas actuales.

Por principios, suelo sentarme en los últimos lugares de los salones de clases (ojo, digo suelo, pues pueden existir excepciones, pero por lo general me encuentro mucho más cómodo estando alejando del docente). Bueno, pues al finalizar la primer clase, vi mis notas en mi computadora (¡que eran casi 11 páginas!) y descubrí que estas no solo tenían notas al pie, sino que las notas al pie a su vez tenían otras notas al pie, y algunas de estas contaban con otras referencias que referían a otros textos y otras ideas. Era como la película Incepcion pero en mi procesador de texto. Releí lo que escribí y, al segundo día, fui a sentarme a la primera filas del salón para que no se me pasara detalle de su clase. Al tercer día, y último de dicho bloque de la materia, cuando recién llegó al escritorio, lo abordé y me presenté, le agradecí por sus clases, le pregunté por alguna bibliografía (ahora mismo no recuerdo por qué, pero sé que me recomendó Historia cultural del dolor de Javier Moscoso), y como el pinche, incorregible, absurdo, y lamentable caradura que soy le dije: “Profesor Lloredo, el día de hoy no me puedo quedar a su clase porque voy a escuchar una charla de Javier Marías en el centro de Madrid”. Luis me dijo que ningún problema y que disfrutara la velada.

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El día que escapé de la clase de Luis para escuchar a Javier Marías

Ahora que vuelvo a lo acontecido, y que pienso lo que hice, me doy cuenta no solo de que no valgo madres (eso ya lo tengo bien claro y asimilado), tampoco del tamaño de mi desvergüenza, mucho menos de que a pesar de que la charla estuvo bien, Javier Marías cada vez me gusta menos y me parece más facha, sino simplemente que decirle a Luis que me iba de su clase es probablemente uno de los gestos más grandes que he tenido con un profesor dentro de un salón de clases. Pues invariablemente, si una clase no me gusta, o me parece aburrida, o tengo algo mejor que hacer (sea cualquier excusa que oscile entre ir a escuchar hablar a un escritor, dormir, o tomarme una cerveza con alguien), sencillamente me paro y me salgo del aula. Eso…, o que estoy tratando de expurgar una culpa que cargo desde 2012 y justificar mi pinche actitud tan pinche frente a Luis.

Para mí, Luis es un fuera de serie. No soy nadie para decirlo, pero creo que su obra es una de las pocas en las que la Filosofía del Derecho en Iberoamérica puede tener futuro.

La teoría del derecho de Luis Lloredo es una de las pocas, por no decir la única, que no me parece asilada, ni monótona. Que no me aburre, ni me parece, por decirlo de alguna manera, elitista. Sus escritos son reflejo de un proyecto comprometido y arriesgado, antiformalista diría yo, aunque muy pero muy disciplinado, riguroso, y metodológico. Quien fuera el último discípulo de Gregorio Peces-Barba, no solo es capaz de hablar cinco idiomas, o de escribir sobre indignación y teoría del derecho, o sentimientos y constitucionalismo, o “paradigmismo” y iuspositivismo, sino también, y por encima de todas esas cuestiones (que al final del día son menores), es capaz de empoderar a uno cuando ya nadie más cree en ti. De confiar en los demás, y de ser humilde. Alguien bondadoso y dispuesto a ayudar a los demás para hacer de esto algo mejor. Eso para mí habla más que de un gran filósofo del derecho, de una persona extraordinaria.

Está quedando muy pero muy melosa esta entrada, derrama miel en cada párrafo. No era mi intención, y puede que se crea que a mi querido profesor, amigo, y director de tesis doctoral (aunque no precisamente en ese orden) le estoy haciendo la barba en México, la pelota en España, pero no es así. Es sencillamente que a Luis le estaré profundamente agradecido por presentarme una visión diferente del derecho, y por hacerme creer en lo que investigo.

Agradezco a Luis por haberme recomendado que leyera a Jhering, y también a González Vicén, por decirme que no pierda de vista a Michel Onfray, que al escribir cosas jurídicas tenga presente a Foucault, por invitarme a indagar primero sobre los Critical Legal Studies, y después sobre abogacía, por su infatigable bolígrafo rojo al momento de corregirme, y sus siempre pertinentes intercambios epistolares. Pero más allá de todas esas cosas, le agradezco a Luis por su amistad, y por permitirme aprender de él, y algún día, quizás (aunque muy pero muy lejano), por qué no, pueda llegar a considerarme su discípulo.

Ya escribí mucho y no era la idea. A continuación las 8 preguntas sobre abogados, y algo más a Luis Lloredo.


1. ¿Qué es lo primero que tienes en mente cuando escuchas la palabra abogado?

Luis Lloredo (LLl): Grandes juzgados. Una imagen que tengo de hace muchos años de un tribunal, al que fui con un profesor de derecho procesal, con todas las paredes de madera, puertas ocultas tras la madera, y muchas pero muchas togas. La sensación era de encierro, claustrofóbica. Y tiene mucho sentido, porque la sala estaba diseñada ex profeso para producir esa impresión. Creo que es una imagen bastante ilustrativa de la percepción que mucha gente tiene acerca del derecho. Una percepción que, por lo demás, me parece correcta: el derecho funciona como una caja negra que tiene vetado el acceso a la mayoría de la ciudadanía y que suele generar inquietud y angustia.

2. Menciona el primer abogado o abogada (no importando sean profesionales, profesores, políticos o bien personajes de literatura, series de televisión o cine) que se te venga en mente.

LLl: Ally McBeal. Ahora mismo también diría Alicia Florrick, porque estoy enganchado con The Good Wife.

3. Estudiaste la carrera en Humanidades y después el posgrado en Filosofía del Derecho, pero una vez ya en el mundo jurídico, comenzaste Derecho. ¿A qué obedeció dicha decisión?

LLl: Comencé a estudiar Derecho cuando terminaba la carrera de Humanidades. A partir de tercero o cuarto curso de esta licenciatura, comencé a cursar asignaturas jurídicas, aprovechando las asignaturas que entonces se llamaban de libre configuración 

Derecho era una de las cosas que había descartado por completo, junto a Ingeniería y Medicina, pero en el primer curso de Humanidades tuve una asignatura de Teoría del Derecho. Contra todo pronóstico, me gustó mucho, y de repente descubrí que el Derecho era una actividad y una disciplina bastante más interesante de lo que parecía a simple vista.

Tenía la sensación de que con la carrera de Humanidades el futuro laboral se tornaba complicado, que había que especializarse, o que dentro de Humanidades había que estudiar alguna materia en concreto, hacerse con un perfil algo más específico. Aquello me gustó y comencé a estudiar asignaturas de Derecho para ver si me continuaban gustando.  

En líneas generales, así fue, aunque he de confesar que dichas asignaturas de Derecho me siguieron gustando porque las fui estudiando bajo la óptica de la carrera de Humanidades. Por ejemplo, cuando estudié Derecho Mercantil leí, desde una perspectiva sociológica-histórica, o incluso económica, “El Burgués” de Werner Sombart. Desde una perspectiva literaria también leí “El Hereje” de Miguel Delibes, y así pude aprovechar mucho más las asignaturas jurídicas. En general, me solían gustar las llamadas “partes generales”, en las que se estudian los fundamentos de una disciplina jurídica en concreto, su surgimiento y su evolución histórica, sus implicaciones socio-políticas, sus principios vertebradores… En las partes especiales también se encuentran a veces joyas inesperadas, perspectivas interesantes, pero en general me solían resultar más aburridas.

En definitiva, creo que la única manera de estudiar el Derecho de una forma adecuada, generando profesionales responsables y críticos, pero también eficaces, es hacerlo desde la perspectiva humanística. El Derecho no es sino una cara de las Humanidades, una manifestación cultural más, del mismo modo que lo son el cine, la literatura, la ciencia, la técnica… Por eso es tan lamentable el aislamiento en el que se suelen concebir a sí mismos los juristas y en el que se forma a los futuros abogados en la mayoría de las facultades jurídicas del mundo.

 ¿Acaso te has planteado ejercer como abogado?

Hubo una época, hace un montón de años, en la que me lo llegué a plantear. Pero era un poco por la presión de qué iba a ser de mí después de estudiar la carrera de Humanidades. Pero nada, aquello duró unos meses y poco más.

Eso sí, debo decir que a veces he tenido envidia de los abogados ejercientes, sobre todo al hablar con abogados en Chile, que es donde estoy ahora, cuando me cuentan casos y estrategias que utilizan con sus clientes, y también cuando me cuentan anécdotas forenses. En esas ocasiones, a veces me da un poquito de envidia. Pero tampoco es una cosa que me tiente enormemente.

4. ¿Deben los abogados saber historia?

LLl: Obviamente. Si entendemos al abogado en tanto que jurista en sentido amplio, entonces la respuesta es muchísimo más fácil, porque si tú quieres entender el Derecho que tienes, tienes que entender su historia. No hay otro camino. Esto es una consecuencia del historicismo en sentido lato. El historicismo no es solo una corriente del siglo XIX, sino que lo llevamos injerto en nuestra forma de mirar el mundo. El historicismo surgió entonces, pero llegó para quedarse con nosotros: la teoría de la evolución de las especies es historicista; la teoría de la evolución de la tierra es historicista; el mito del progreso es historicista; nuestra concepción de la identidad es historicista. Cualquier fenómeno que nos proponemos estudiar comienza con una “Historia de…”, el Derecho Civil, el Derecho Mercantil, el Derecho Administrativo… Y cualquier Derecho que estudiemos lo hacemos comenzando de esa manera, para entender por qué existe ese Derecho y no otro, y también para desvelar el sesgo ideológico de alguna de estas ramas, o de un determinado enfoque en particular. Nada mejor que el Derecho Mercantil como ejemplo: se trata de una rama del Derecho que surge en el siglo XVI como prerrogativa de una clase social ascendente, la burguesía, que presiona activamente para obtener una jurisdicción propia, independiente de la regulación general que ofrecía el Derecho civil. Después, en el curso de la Revolución francesa, se intenta “domesticar” esa rama bajo la pauta del principio general de igualdad, pero sin demasiado éxito. Hoy en día, el Derecho mercantil vuelve a ser la prerrogativa y el privilegio de las grandes empresas transnacionales (los mercaderes de hoy), que desean desarrollar sus negocios con la menor intromisión posible del Estado y con independencia total de las reglas de la democracia. Esto solo se entiende bien cuando adoptamos una mirada histórica de largo alcance.

Ahora bien, si pensamos en el abogado en el sentido del foro, yo creo que también es imprescindible la historia. Si el abogado tiene algo de sentido histórico, puede armar mejores estrategias, puede recurrir a la historia del derecho, a la intención del legislador en su momento, o puede hacer caso de la dinámica histórica de determinadas legislaciones, o de la historia jurisprudencial de algún problema, y a partir de ahí argumentar. En general, si un abogado conoce bien la historia de la comunidad en la que se desenvuelve, estará más capacitado para comprender los intereses de su cliente y los sesgos ideológicos con los que se encontrará al ponerse frente al juez, o al rebuscar entre el material normativo que le ofrece la legislación vigente. Por la misma razón, estará más capacitado para llevar a cabo una argumentación creativa, para ver posibilidades donde a primera vista no parece haber sino un muro infranqueable.

De hecho, tanto para juristas en sentido amplio, como para abogados forenses, es importante subrayar que la historia sirve para volvernos creativos. Te ayuda a descubrir conexiones que no están en la superficie inmediata, te ayuda incluso a interpretar mejor a la persona que tienes enfrente, o a tu propio cliente. La historia en la abogacía sirve porque te ayuda a desdogmatizar muchas cosas, a ponerte en el lugar del otro. Cuando, por ejemplo, aprendes que en el derecho ruso no existió la separación entre derecho público y privado hasta bien entrado el siglo XIX, o cuando te das cuenta de que el liberalismo y el pensamiento democrático surgen en contextos dispares, de la mano de autores muy distintos, relativizas muchos de los lugares comunes que nos venden en los manuales al uso y en el discurso dominante. Lugares comunes que, por supuesto, están allí para afianzar el statu quo y para hacernos creer que no existen formas alternativas de pensar la realidad.

Por supuesto, no estoy hablando de la historia como algo lúdico o puramente ornamental, la historia no vale para ponerle ribetes y lazos de colores al estudio que uno hace, sirve para hacer crítica a una determinada ideología. Hay una cierta tendencia a hacer historias totalmente funcionales al orden establecido, señalando selectivamente hitos del pasado en sucesión escalonada, como peldaños cada vez más perfectos hasta nuestro mundo actual, como si existiese una línea que conduce ininterrumpidamente desde la barbarie del pasado hasta la civilización actual. No me refiero a ese tipo de historia, sino a la historia que se compromete con la crítica de la ideología y es capaz de reconocer que la Ilustración, por ejemplo, fue un periodo de luz en bastantes aspectos, pero también el momento fundacional del desastre ambiental y del neocolonialismo contemporáneos. Me refiero al tipo de historia que, al estudiar la Revolución francesa, habla de Olimpia de Gouges y de los derechos de las mujeres, y que denuncia el carácter patriarcal de la organización jurídico-política que nos legaron.

5. ¿Estás a favor o en contra del uso de la toga en la profesión?

LLl: Me da un poco igual, la verdad. Quizás no hace falta pero tampoco lo veo tan importante. Si me ponen ante la dicotomía de decir sí o no, te contestaría que no. Me parece importante aproximar el derecho a la experiencia cotidiana, pero no sé si esta sea concretamente la estrategia a seguir.

6. A diferencia de otros operadores jurídicos como el juez o el legislador, la figura del abogado no se encuentra teorizada dentro de la Filosofía del Derecho. ¿A qué crees que obedezca esto? ¿No pensarías que dicho estudio corresponde tradicional y propiamente a la sociología jurídica?

LLl: Yo creo que no. Tengo la impresión de que existen muchos asuntos importantes para legos y juristas que tienen vínculos con el Derecho desde diferentes puntos de vista, que sin embargo se relegan sistemáticamente a la sociología jurídica. Algo que no cabe en el canon de la teoría jurídica, en el catálogo precocinado de temas, autores y problemas que encontramos en la mayoría de los manuales, se dice que corresponde a la sociología del derecho. Esto ocurre con el abogado, con la temática del derecho y el poder o con las cuestiones de género…

Si hay algo que tiene que ver con el Derecho, y de manera directa, es precisamente la figura del abogado. Por lo tanto, este debería ser tratado por la Filosofía del derecho.

Creo que la no tematización del abogado se debe a que la Filosofía del derecho, tal y cómo la conocemos hoy en día (siguiendo la estela de González Vicén, como aquella disciplina que surge en tanto que manifiesto y correlato académico del positivismo jurídico) se formó de manera un tanto autoritaria, en el sentido amplio del término. Se forjó como una disciplina que servía para delimitar el concepto de Derecho en relación con el Estado, y exclusivamente en relación con este. Derecho, entonces, sería todo aquello que es producido por el Estado, descartando por lo tanto al derecho canónico o al derecho de aquellas comunidades que, aun figurando dentro de los límites geográficos del Estado, no representan la cultura hegemónica del mismo. Incluso, hubo autores del siglo XIX que descartaron al derecho internacional como derecho en sentido estricto. Todo eso, sin lugar a dudas, tiene un punto autoritario. Desde ese planteamiento, el derecho se percibe en sentido vertical, como una cadena que conduce desde el legislador, que produce el derecho, hasta el ciudadano, que lo recibe. Todo el discurso de la soberanía popular, según el cual el legislador es investido de autoridad por la ciudadanía, casi nunca es más que pura parafernalia, por lo menos en lo que se refiere a la teoría jurídica, porque la propia ciudadanía no suele ser objeto de tratamiento por su parte. Es un punto ciego de la teoría. El único punto de quiebre posible de ese juego vertical es el juez, que es casi siempre percibido como alguien que puede desvirtuar la voluntad del legislador. Yo creo que la filosofía jurídica comenzó a tematizar el momento judicial porque interesaba limitar las potestades del juez, para no desvirtuar esa voluntad original del legislador, que es donde, digamos, radicaba la potencia del Estado.

Incluso aquellos autores que intentaron impugnar ese punto de vista del derecho (estoy pensando en los diferentes antiformalismos del siglo XX), cayeron, yo creo, en la trampa de fijarse de forma casi exclusiva en el juez. Ahí tienes la doctrina del derecho libre, que pensaba en un juez más creativo, o la doctrina de Gény de la libre investigación científica, que abogaba por un juez un poco más libre en la elección de fuentes; ahí tienes también a Philipp Heck, que planteaba únicamente la problemática del juez. En ese sentido, creo que hay una inercia epistemológica debida a la circunstancia política de cómo surgió el positivismo, de la mano del auge del Estado moderno como ente monopolizador de la fuerza. Para hablar del abogado, en efecto, haría falta sofisticar ese modelo vertical, que por cierto encuentra un momento álgido en la metáfora de la pirámide kelseniana, y ver el derecho como una red, como un ente difuso, lleno de puntos de repetición y de centros de producción. Uno de estos puntos, especialmente interesante por su posición dentro del juego del proceso y de su cercanía al ciudadano, sería el abogado.

7. Entre estrategias lingüísticas, procedimientos complicados, infinidad de normas, parecería que el derecho se encuentra rodeado de barreras y obstáculos para que una persona que no tenga un mínimo de conocimientos jurídicos acceda al mismo. Este aislamiento del derecho ha generado graves problemas estructurales de índole democrática, y de acceso a la justicia. Sin embargo, por otro lado, indispensablemente se necesitan técnicos especializados para desplegar el potencial del mismo. ¿Pueden hacer los abogados algo para contribuir a desmonopolizar el derecho? ¿O acaso serán ellos mismos parte del problema?

LLl: Yo creo que la abogacía es parte del problema, en el sentido de que gran parte de los abogados que se licencian cuentan, hoy en día, con una visión un tanto acrítica. Esto es así porque la enseñanza del derecho está constituida justamente para eso, para formar profesionales que no se planteen su función social, que no hagan crítica ideológica del derecho, ni de las profesiones jurídicas. En general, los abogados aprenden a comportarse como élites y a desenvolverse de forma corporativa, como un gremio que ostenta buenas dosis de poder social Ese poder social se sustenta, precisamente, en el manejo de un lenguaje extraño, en el cultivo críptico de ciertas tradiciones, de ciertos ritos y en el levantamiento de barreras intelectuales. Evidentemente, hablo de la abogacía en tanto que institución, no en relación con personas concretas. Hay, sin duda, muchísimos abogados comprometidos con la justicia y con los problemas sociales. Sin embargo, estructuralmente hablando, creo que son parte del problema.

Desde ese punto de vista, habría que desprofesionalizar y destecnificar el derecho. Porque como tú bien decías en el planteamiento de la pregunta, en muchas ocasiones el abogado, o el notario, o el juez, mantiene relaciones chamánicas con los ciudadanos. Es decir, son personas que manejan un lenguaje tremendamente abstruso, que se visten de forma extraña, que te reciben en un despacho cuya disposición física, decoración, etcétera, configura en muchas ocasiones relaciones de poder, incluso entre la ciudadanía y la persona que hipotéticamente debería estar para servirla, y que en última instancia generan sensaciones de miedo, de hostilidad, de extrañamiento frente a la ciudadanía.

Eso se puede corregir con una reforma del lenguaje jurídico, que no necesariamente debe capitanearse desde arriba, sino que quizás debe plantearse desde la base. Eso también puede cambiarse con una reforma de las altas judicaturas, siguiendo por ejemplo la senda de Bolivia, que ha introducido la elegibilidad de los miembros del tribunal constitucional, y también, y sobre todo, a través de una reforma de los estudios jurídicos, fomentando otro tipo de abogacía, más preocupada por su papel social, introduciendo asignaturas de política, de sociología, incluso de artes, de literatura, de cine, de ética, de filosofía en sentido amplio. Todo esto es muy difícil, es un reto muy complicado porque hay mucha resistencia en la profesión, pero es un reto que hay que abordar

8. Tú has criticado la obsesión dentro del grueso de la teoría del derecho contemporánea por el estudio de los vínculos entre derecho y moral, ya que estos tienden a diluir las relaciones entre derecho y política. Sin embargo, para el caso de los abogados parecería que la moral juega un rol primordial dentro de su actuar, incluso más que la política. ¿Qué opinas al respecto?

LLl: Es muy complicado pero pienso que la distinción entre moral, política y derecho no es tan férrea. Pienso que a veces aquello que denominamos moral en verdad es política. Pienso que aquello que llamamos derecho en realidad es política, o está ribeteado por la política, o tiene, digamos, un componente político.

Lo que sucede es que cuando lo denominamos moral, esta tiene un aura distinta y produce una percepción distinta en el oyente al que nos estamos dirigiendo. Yo creo que una percepción un tanto anestesiante. Cuando planteamos la disputa entre derecho y moral y nos obsesionamos tanto con esta, creo que estamos viendo el problema, a veces, con cierta candidez.  

Me parece que lo que ocurre más a menudo no es que sucedan problemas morales, sino problemas políticos. Problemas políticos en el sentido de intromisión del poder ejecutivo en la independencia de la justicia, problemas políticos en el sentido de que hay que aplicar normativas que son políticamente indeseables (pensemos en el caso de la reciente Ley Mordaza que se ha aprobado en España), problemas políticos en el sentido de que las altas cortes deciden problemas de naturaleza fuertemente política, como por ejemplo el aborto. Podemos abordar la cuestión del aborto como un problema ético, pero yo creo que es un problema político que involucra una estructura social patriarcal. Entonces, si se reduce a una perspectiva moral, se subjetiviza el problema, se diluye su naturaleza colectiva y se nos anestesia respecto a nuestra responsabilidad frente a ello, como si no se tratara más que de un problema de conciencia individual

Traído al tema de la abogacía creo que, muchas veces, los problemas de los abogados son problemas políticos y no problemas morales. Es verdad que muchas veces el abogado se puede ver en una tesitura éticamente complicada de tener que defender a una persona que a todas luces parece un criminal indeseable. Evidentemente ahí se sitúa en un problema ético, desde la perspectiva subjetiva del abogado. Pero si salimos de la perspectiva subjetiva del abogado y lo pensamos en un sentido mayor, también se está planteando ahí una problemática profundamente política, que es la del Estado de derecho, que involucra aspectos tan nucleares como el derecho de toda persona a tener una defensa, o el sentido de la política criminal de un gobierno. Estos son problemas políticos porque se produce una transición prácticamente invisible entre el terreno de la moral individual y el terreno de la moral colectiva.

A continuación, te diré una serie de nombres o conceptos y, por asociación, me gustaría que respondas lo primero que se te venga a la mente:

España Deslealtad
Philipp Heck Una figura trágica. Originalmente tuvo ideas interesantes pero terminó ligándolas con el nacional-socialismo
Temuco Soledad, lluvia, pero también cariño
Alicia Florrick Un personaje apasionante que me sorprende a cada rato
Latinoamérica Muy complicado. A veces me siento tentado a pensar que es el futuro, pero en realidad esa es una idea paradójicamente eurocéntrica: la eterna idea de El dorado, de Latinoamérica como algo exótico
Cantabria Sentimientos muy contradictorios. La región de mi padre. Mi infancia
Fernando Broncano Admiración
Positivismo jurídico Felipe González Vicén. Algo en lo que creo que debemos seguir pensando. Un paradigma en el que todavía estamos insertos, pese a que algunos crean que no
Universidad Carlos III Originalmente mi casa. Un lugar en el que fui muy feliz, pero que al día de hoy me ha decepcionado.
Asterix Un clásico, mi clásico
Jhering Mi otro clásico. Un personaje apasionante que todos los estudiantes de derecho deberían leer, por lo menos “La lucha por el Derecho”
Felipe González Vicén Un autor que me ha marcado muchísimo. Alguien a quien me hubiera gustado conocer
Chile Mi país de acogida. Aunque a veces me enerve un poco por ser un país fuertemente neoliberal y autoritario en muchos sentidos, le estoy muy agradecido
Gregorio Peces-Barba Uno de mis maestros, una persona a la que tenía muchísimo cariño, pese a que en algunas ocasiones se comportaba de forma un tanto caciquil
México El país más hospitalario en el que me he encontrado nunca
Derecho Disciplina interesante si se estudia bien, con una perspectiva humanística. Profundamente aburrida de otra manera
Madrid Mi ciudad, de la que estoy enamorado, y sobre todo desde que vivo lejos de ella. Me sorprende en cada esquina

8 preguntas sobre abogados (y algo más) a Manuel Atienza

El pasado día jueves 16 de julio de 2015, en la Universidad de Alicante, tuve la oportunidad de entrevistar a Manuel Atienza (Oviedo, 1951).

La entrevista, en la que hablamos sobre derecho y literatura, argumentación, Jhering, enseñanza jurídica, el carácter regional de la filosofía del derecho, entre otras cosas, saldrá publicada en unos cuantos meses en una revista jurídica mexicana.

Captura-de-pantalla-2013-11-09-a-las-16.53.26Al terminar, aproveché la ocasión para comentarle a Atienza sobre este blog y el nuevo espacio de entrevistas que tendrá. Le propuse realizar 8 preguntas concretas sobre abogacía y un peculiar ejercicio respecto a diversos temas relacionados tanto con su persona como con el derecho en general. Manuel accedió gustoso y el resultado, además de fructífero, me parece que fue bien interesante.

Manuel Atienza (dudo que haya todavía alguien que no lo conozca, pero bueno…), es catedrático de Filosofía del Derecho en la Universidad de Alicante, director de la revista Doxa y del máster de argumentación jurídica. Sin lugar a dudas, uno de los filósofos del derecho de mayor influencia en la actualidad.

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De hecho, tengo la sospecha de que Atienza, junto con Alexy, y Ferrajoli, es uno de los teóricos del derecho más citado en el mundo. No sé, habría que ver, pero lo que sí sé es que es el momento adecuado para relatar una anécdota que me sucedió el año pasado en un congreso sobre derecho y sociedad en Zaragoza. Después del evento, por azares del destinó terminé, junto a mi mejor amigo, en la cena de clausura. Al llegar tarde a la misma, casualmente el único par de lugares disponibles en la mesa eran al lado del gran Elías Díaz. Entre el buen ambiente de la cena, y después de varias (muchas) botellas de vino, en un determinado momento de la noche, tuve la osada ocurrencia de preguntarle a Elías sobre quién considera que es el mejor filósofo del derecho en España. Después de recorrer el claustro académico de bastantes Universidades, de mencionar una a una las virtudes de los juristas españoles, y de un preámbulo bastante educado de más de 7 minutos, Elías Díaz, como el gran maestro de maestros que es, finalizó su discurso diciendo que todos eran muy buenos. Excelentes todos. Después hizo una pausa, bebió agua, y dijo: “pero hay 2 que sobresalen. Uno es Paco Laporta y otro Manolo Atienza. De ellos, creo que Manolo ha sabido no solo exportar sus ideas de mejor manera fuera de España, sino también crear escuela, y eso es algo invaluable”. Ahí queda el relato para el anecdotario.

No me queda más que agradecer a Manuel Atienza por su confianza y, sobre todo, por su sinceridad y coherencia intelectual. Me siento muy afortunado de poder haber coincidido con él dentro de un salón de clases y de compartir durante mes y medio la experiencia alicantina. Como diría mi querido amigo Guillermo Garay, de haber sobrevivido, y con gusto, a esa tan afamada “clínica de desintoxicación positivista”.

A continuación las 8 preguntas sobre abogados, y algo más, a Manuel Atienza.


1. ¿Qué es lo primero que tienes en mente cuando escuchas la palabra abogado?

Manuel Atienza (MA): Por el hecho de que los 2 últimos años he dado clases en un master de acceso a la abogacía, el cual me ha causado una impresión mala, yo creo que lo primero que tengo en mente es falta de formación.

2. Menciona el primer abogado o abogada (no importando sean profesionales, profesores, políticos o bien personajes de literatura, series de televisión o cine) que se te venga en mente.

MA: Cicerón.

3. ¿Alguna vez pensaste ejercer como abogado?

MA: Sí, es algo que me habría gustado mucho. No dedicarme exclusivamente a la abogacía, pero sí defender de vez en cuando algún caso. Lamento no haber tenido esa oportunidad.

4. ¿Deben los abogado saber filosofía?

MA: Por supuesto. Pero no se trata simplemente de que deban saber filosofía por cuestiones, digamos, ornamentales, para ser un abogado culto, etc. Se trata de que, en mi opinión, no se puede ser un buen abogado si no se tiene cierta formación en filosofía y en teoría del Derecho. Por ejemplo, si lo que hace el abogado es, fundamentalmente, argumentar, parece bastante razonable pensar que quien sabe algo de teoría de la argumentación (lógica, teoría de la interpretación, etc.) va a estar en mejores condiciones para desempeñar su profesión. Un ejemplo bien importante es el de Genaro Carrió, a quien considero uno de mis maestros: el fue un gran abogado y un gran teórico del Derecho, y la teoría del Derecho sin duda contribuyó a que fuese tan buen abogado. Se puede ver esa influencia en un estupendo librito que escribió dando consejos a los abogados noveles.

 ¿Vaz Ferreria también ejerció como abogado, no es así?

MA: Sí, pero Vaz Ferreira muy poco. Y Vaz Ferreira siempre tuvo la preocupación de que la abogacía fuese una profesión intrínsecamente inmoral. Sobre esto escribió algunas páginas de gran interés, quizás un tanto ambiguas.

5. ¿Estás a favor o en contra del uso de la toga en la profesión?

MA: Creo que no es una cuestión importante. En principio, yo no movería un dedo ni a favor ni en contra, salvo que se diera algún contexto que cambiara las cosas. Me parece un tema parecido a la discusión sobre la República o la Monarquía, que en España fue un tema, por así decirlo, “candente” hace un par de años. Pero no me parece que las cuestiones decisivas de carácter político tengan que ver con eso: Suecia es una monarquía y las Juntas militares del cono sur, repúblicas.

6. ¿A qué crees que se deba el descuido por parte de la teoría estándar de la argumentación jurídica respecto a los abogados?

MA: Pues probablemente a que no hay teóricos del Derecho, o no hay muchos, que sean abogados. Seguramente se debe a que el ejercicio de la profesión es tan absorbente que no deja tiempo para hacer otra cosa. Pero es algo de lamentar. Una de las lagunas de la actual teoría de la argumentación jurídica es la poca atención que se presta al razonamiento de los abogados, en comparación con el de los jueces. Habría que animar a jóvenes abogados (o no tan jóvenes) a trabajaren ese campo, conjuntamente con filósofos del Derecho. Esa conjunción sería, yo creo, muy provechosa.

7. Robert Alexy afirma que la argumentación jurídica es un caso especial del discurso racional. ¿La de los abogados es un caso especial de discurso racional? ¿El abogado que argumenta bien, es el que sigue sus reglas?

MA: No, yo creo que eso es un error manifiesto de la teoría de Alexy. Error que fue detectado desde el comienzo, que no se ha corregido, y que muestra que la suya es una concepción de la argumentación excesivamente idealizada, a pesar de su manifiesta importancia.

Para construir una teoría de la argumentación, que de cuenta de todo lo que son nuestras prácticas argumentativas, no podemos quedarnos solo con la teoría del discurso. Existen muchos contextos de razonamiento jurídico en los que no se argumenta siguiendo estrictamente las reglas del discurso racional elaboradas por Alexy, y eso no tiene por qué verse como un defecto. La teoría de Alexy está pensada, podríamos decir, para las argumentaciones que llevan a cabo los jueces de las altas cortes o los dogmáticos del Derecho, pero deja fuera la de los abogados.

 Pero, dicho esto, creo que también es importante añadir que el hecho de que la argumentación de los abogados no pueda verse como un caso especial del discurso racional, no implica ningún desdoro para la profesión. O sea, no significa que nos encontramos frente a una profesión sucia (intrínsecamente inmoral), o algo por el estilo Se trata sencillamente de que, por razones institucionales, no se argumenta (no se puede, ni se debe) argumentar igual en todas las instancias jurídicas. Por lo demás, que no se sigan de manera estricta las reglas del discurso racional, no quiere decir que no jueguen ningún papel en la argumentación de los abogados.

8. Tu visión de la abogacía es que esta no es una profesión intrínsecamente inmoral, pero sí una profesión de riesgo moral. ¿Se te ocurren algunas herramientas o procesos para lograr dicha concepción?

MA: Los códigos deontológicos sin lugar a dudas pueden jugar un papel, pero quizás no sea el único instrumento. En una de las últimas cosas que he escrito sobre esto, aparece una propuesta (de un autor estadounidense) que me parece interesante: se trata de recurrir al diálogo como herramienta para abordar problemas éticos de la abogacía. El diálogo con el cliente que pretende llevar a cabo una actuación que plantea problemas éticos al abogado, o el diálogo entre los propios profesionales, los miembros de un despacho jurídico. Como digo, puede ser un buen instrumento para identificar dónde hay un problema ético y dónde hay que poner una línea roja, un límite que el abogado no debería traspasar por razones morales.

A continuación, te diré una serie de nombres conceptos y por asociación me gustaría que respondas lo primero que se te venga a la mente:

España España como problema
Rodrigo Rato Representativo de lo peor de España
Oviedo Vetusta
Alicia Florrick Un personaje que me resulta interesante: está dispuesta a arriesgar, a triunfar, pero no se olvida de que existen principios, límites
Latinoamérica El futuro
Juan Ramón Capella Un gran intelectual. Alguien del que he aprendido mucho y con el que me habría gustado tener una relación más próxima
Positivismo jurídico Algo que debemos dejar atrás
Jhering El sentido del derecho
Génova ¿Por qué habrá prendido ahí la filosofía analítica?
Dr. House Ayuda a pensar
México Modelo de grandes defectos y de grandes virtudes
Elías Díaz Una gran persona con las ideas claras, me parece que es lo que dijo él alguna vez de Renato Treves
Argentina La quintaesencia de la frustración: ¿por qué Buenos Aires no es la Atenas de América?
Constitucionalismo Una idea a desarrollar
Derecho Algo de lo que merece la pena ocuparse
Alicante Un lugar en busca de una identidad
Máster de argumentación jurídica El proyecto más exitoso en el que he participado

Camisetas de fútbol de clásicos latinoamericanos de la filosofía del derecho

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Desde hace ya algunos días ha comenzado la Eurocopa de América, es decir, perdonen el colonialismo, la Copa América. A pesar de mi fanatismo por el fútbol, la verdad es que he estado más bien poco atento a esta competición. Ahora bien, esto no quita ni que siga los resultados atentamente, ni que aproveche la pinche coyuntura para postear algo al respecto.

Precisamente ahora que me encuentro en Alicante con los analíticos, he tenido la oportunidad no solo de volver a repasar a algunos autores clásicos de filosofía del derecho, sino también de pensar en esta área del derecho como un campo delimitado que despliega y retroalimenta su contenido a través de una determina región geográfica, que idílica y ancestralmente podría denominársele región latina. Precisamente, sobre este tema, Manuel Atienza ha escrito un paper denominado “La filosofía del derecho como filosofía “regional”“.

De lo “latinoamericano” se ha teorizado. Acaso Galeano sería uno de los que mejor han entendido dicha noción, aunque a mi parecer Jorge Volpi tiene una obrita, El insomnio de Bolivar, que refleja a la perfección las actuales condiciones de lo que implica, o más bien implicaba (pues su tesis es que esta región ha dejado de existir), ser latino. Ojo, se ha teorizado pero no estoy tan seguro que lo suficiente y más en la filosofía del derecho. Sí, están los estudios sociológicos, decolonialistas, la escuela de Boaventura, los colombianos de Dejusticia, pero propiamente desde la teoría jurídica encuentro obras más bien aisladas o que aspiran a compilar autores, corrientes, e identificarlas dentro de alguna tradición. Ahora mismo, recuerdo un texto de Binder sobre “cultura jurídica” que bien puede englobar un poco lo que digo, acá el link al texto que es bien pero bien pinche bueno.

Ya hice hace un año una selección mexicana de fútbol inspirada en el blog de Gustavo Arballo, y tuve que justificar, creo que de más, mis elecciones para ahorrarme algunas explicaciones (y  también algunos enemigos). Esta vez ya no lo haré, creo que se entiende claramente que toda decisión implica una arbitrariedad y que, para bien o para mal, existen razones racionales que puedan criticar o aplaudir lo elegido.

Algunas puntos a considerar:

  • Uno de los criterios para seleccionar fue sencillamente que no estuvieran vivos.
  • No elijo ni a los mejores, ni a los más conocidos, sino a los que he leído, o me han recomendado personas y amigos de los que me fío.
  • Elijo solamente seis países de los doce que están en competencia. Elijo esos seis porque, según yo, eran los que iban a pasar a la siguiente ronda. O sea, parecería obvio que Brasil y Argentina y otros cuatro. Chile por local, México por patriota, y Uruguay porque es Uruguay y Colombia porque todavía recuerdo el mundial pasado. Después de ya saber los primeros clasificados, queda claro que lo mío no son los pronósticos. Para eso tengo a mi amigo el profesor y oráculo Charly Asúnsolo, a quien aprovecho para mandarle un fuerte abrazo.
  • Utilizo el número 10. El creativo, el eje del equipo, el orquestador, el de verdad. Creo que de eso precisamente se trata ser filósofo del derecho. O algo así. Bobbio podría darnos luz sobre este tema.
  • Patriarcado. Es obvio que el fútbol es un deporte eminentemente machista. Lo mismo podría decir sobre la filosofía del derecho. Es bastante emblemático lo masculinizada que está dicha área jurídica. Los grandes, los clásicos, los más leídos, tradicionalmente han sido hombres. Esto no es poca cosa. Vale la pena echarle una pensada. Estoy escribiendo algo sobre el tema, prometo profundizar después.

A continuación, un Miguel, tres Carlos y dos Eduardos, quienes conforman la primera edición de las camisetas de fútbol de clásicos sudacas latinoamericanos de filosofía del derecho.


 

Brasil. Miguel Reale.Screen Shot 2015-06-21 at 10.30.41 AMArgentina. El Diego Maradona de la filosofía del derecho: Carlos Nino.Screen Shot 2015-06-21 at 10.25.46 AMChile. Eduardo Novoa Monrreal.Screen Shot 2015-06-21 at 10.22.46 AMMéxico. Eduardo García Máynez. Screen Shot 2015-06-21 at 10.16.14 AMUruguay. El precursor de los precursores: Carlos Vas Ferreira. Screen Shot 2015-06-21 at 10.24.56 AMColombia. Carlos Gaviria.Screen Shot 2015-06-21 at 10.29.29 AM

«Juristas, malos cristianos». Abogacía y ética jurídica de Massimo La Torre

“En la primera edición de “La Teoría pura del Derecho”, de Hans Kelsen, y puede que también en la segunda, la palabra «abogado» no aparece ni siquiera una vez”


La cita es del catedrático de Filosofía del Derecho en la Universidad de Catanzaro y profesor visitante en la Universidad de Hull, Massimo La Torre quien, en palabras de Ferrajoli, es una de las poquísimas excepciones que se han dedicado a estudiar, desde una perspectiva iusfilosófica, a la figura del abogado.

Precisamente este jurista italiano ha hecho notar que la mayor parte de la producción de teoría y filosofía del derecho, con poquísimas loables excepciones, omite el análisis de este agente de la administración de justicia. Y es que como él mismo dice: “Sobre el abogado, Savigny, Ihering, Jellinek, Kelsen y Hart —sólo por mencionar algunos de los nombres más ilustres de la tradición del pensamiento positivista—, no han dicho prácticamente nada. O, si han dicho algo, no han sido más que pocas, rápidas y descuidadas palabras”.

En el presente trabajo, de casi 40 páginas, se exponen a grandes rasgos las principales inquietudes de este autor por el tema de la abogacía y la filosofía del derecho. A mi parecer, creo que vienen a ser medularmente dos.

  • La primera: La obsesión del positivismo jurídico por la figura del legislador, y después por la del juez.
  • La segunda: La comprensión y posteriores implicaciones de la dimensión deontológica en la profesión.

Ojo digo creo (del verbo no sé) porque es posible que después de leer este artículo, y darle una hojeada a la obra de La Torre, las vertientes por las que puede transitar y desarrollarse este tema son tan variadas como fértiles.

Sin tener la intención de reseñar el artículo o de hacer un comentario al mismo, (esto porque de verdad creo que su lectura vale mucha la pena y entonces cualquier intento por resumirlo sería inútil…, bueno por eso y porque tengo lecturas pendientes y varias cosas que escribir…, ok bueeeeeno también porque en estos momentos lo estoy utilizando para mi tesis…, y ya que andamos sincerándonos también porque sencillamente hoy ando bien pinche disperso para sentarme a escribir algo medianamente decente) de manera muy pero muy general puedo decir que el artículo de La Torre, a pesar de su longitud, resulta bien ameno y bien interesante.

Ameno por la manera cómo va entretejiendo el artículo, aderezando cada uno de los temas que trata y de las perspectivas presentadas sobre la abogacía con citas literarias y pensamiento de autores conocidos que complementan sus postulados. Así en el mismo, aparecen (desde el título) personajes como Martín Lutero, pasando por San Pablo y varios evangelistas, Kant, Voltaire, Platón, hasta escritores del Barroco español, León Tolstói, Dostoievski y Shakespeare (aunque en este último caso, la cita utilizada para denostar las funciones de los abogados, la clásica de Enrique VI, está sacada de contexto, porque contradictoriamente lo que intentaba el escritor inglés con su “The first thing we do, let´s kill all the lawyers” es hacer un cumplido a los abogados (espero después escribir sobre esto)).

Interesante por la manera en que trata los temas. Entender a la deontología jurídica como un conjunto de postulados bienintencionados dirigidos a hacer de los abogados personas honestas, íntegras y congruentes es una visión falsa y alejada de toda realidad. En esa lógica, escribir sobre deontología se convierte en escribir ficción. Y esto no está mal, sino que sencillamente es estéril para fines prácticos. Lo que está mal es que, por lo general, esta visión edulcorada de la abogacía y la ética es la que comparten muchos de los que escriben sobre el tema. Entonces, lo que hace La Torre en su artículo es presentar un atractivo recorrido por distintas cuestiones entre las que destacan los colegios, el menosprecio teórico sobre la abogacía, la ausencia del abogado en el positivismo e incluso en el realismo jurídico, las caracterizaciones del sistema europeo y anglosajón y su relación con el abogado y la ética jurídica, la percepción social de este actor y dos de las principales posturas respecto a su moral. En este último punto destacan dos tesis diametralmente opuestas. La primera, expuesta por Giovanni Tarello, denominada doctrina de la parcialidad neutral, o en otros términos de la “moral amoralidad”, donde los únicos límites éticos a la actividad del abogado son los establecidos por la ley. Y la segunda, desarrollada por Lombardi Vallauri, que desde una perspectiva más bien pesimista, o bueno no pesimista pero sí negativa, desarrolla la llamada visión eticista/paternalista en la que la conducta moral del abogado debe anticiparse a la acción del juez, y así transformar su rol para convertirse en un médico de familia, un consejero matrimonial, que intenta evitar el proceso y fomentar la paz entre las partes. La Torre termina criticando estas dos posturas y develando la condición ambigua de la abogacía para reescribir la famosa fórmula de Radbruch y aplicarla a la profesión proponiendo un modelo que postula que el abogado puede (le es lícito moral y jurídicamente), en el respeto a la ley, utilizar argumentos y llevar a cabo conductas a favor de su cliente, incluso si su orientación a la justicia (como valor moral) es dudosa o incluso contraria a ésta, salvo que la posible injusticia consiguiente a sus actos se presente en proporciones tales como para resultar intolerable.

El artículo está publicado en el número 12 de “Derechos y Libertades”, la revista del Instituto de Derechos Humanos Bartolomé de las Casas de la Carlos III, que dirige Javier Ansuátegui y quien precisamente es el traductor.