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Diez ilustraciones del cuento Ante la Ley de Franz Kafka

Ayer, 3 de junio de 2017, se cumplieron 93 años de la muerte de Kafka (nos aproximamos al centenario, ¡yei!). Suelo escribir cada año sobre este autor, que es uno de mis favoritos, y de los primeros que me hicieron interesarme entre las intersecciones que despliega el derecho y la literatura.

Su cuento Ante la Ley me parece una obra brutal, que cualquier operador jurídico debería de conocer. De hecho, existe una vasta bibliografía escrita por abogados y no abogados sobre este relato. Tanta que bien vale la pena centrarse en otras interpretaciones que se le han dado a la misma, a través de las ilustraciones por ejemplo.

Así que bueno, a continuación diez ilustraciones sobre el cuento Ante la Ley, de diferentes artistas, que me encontré en Internet. Y, al final, el cuento.

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9.10. Y acá este artista, ilustró todo el cuento.

 


Ante la Ley

Ante la Ley hay un guardián. Hasta ese guardián llega un campesino y le ruega que le permita entrar a la Ley. Pero el guardián responde que en ese momento no le puede franquear el acceso. El hombre reflexiona y luego pregunta si es que podrá entrar más tarde.

—Es posible —dice el guardián—, pero ahora, no.

Las puertas de la Ley están abiertas, como siempre, y el guardián se ha hecho a un lado, de modo que el hombre se inclina para atisbar el interior. Cuando el guardián lo advierte, ríe y dice:

—Si tanto te atrae, intenta entrar a pesar de mi prohibición. Pero recuerda esto: yo soy poderoso. Y yo soy sólo el último de los guardianes. De sala en sala irás encontrando guardianes cada vez más poderosos. Ni siquiera yo puedo soportar la sola vista del tercero.

El campesino no había previsto semejantes dificultades. Después de todo, la Ley debería ser accesible a todos y en todo momento, piensa. Pero cuando mira con más detenimiento al guardián, con su largo abrigo de pieles, su gran nariz puntiaguda, la larga y negra barba de tártaro, se decide a esperar hasta que él le conceda el permiso para entrar. El guardián le da un banquillo y le permite sentarse al lado de la puerta. Allí permanece el hombre días y años. Muchas veces intenta entrar e importuna al guardián con sus ruegos. El guardián le formula, con frecuencia, pequeños interrogatorios. Le pregunta acerca de su terruño y de muchas otras cosas; pero son preguntas indiferentes, como las de los grandes señores, y al final le repite siempre que aún no lo puede dejar entrar.

El hombre, que estaba bien provisto para el viaje, invierte todo —hasta lo más valioso— en sobornar al guardián. Este acepta todo, pero siempre repite lo mismo:

—Lo acepto para que no creas que has omitido algún esfuerzo.

Durante todos esos años, el hombre observa ininterrumpidamente al guardián. Olvida a todos los demás guardianes y aquél le parece ser el único obstáculo que se opone a su acceso a la Ley. Durante los primeros años maldice su suerte en voz alta, sin reparar en nada; cuando envejece, ya sólo murmura como para sí. Se vuelve pueril, y como en esos años que ha consagrado al estudio del guardián ha llegado a conocer hasta las pulgas de su cuello de pieles, también suplica a las pulgas que lo ayuden a persuadir al guardián. Finalmente su vista se debilita y ya no sabe si en la realidad está oscureciendo a su alrededor o si lo engañan los ojos. Pero en aquellas penumbras descubre un resplandor inextinguible que emerge de las puertas de la Ley. Ya no le resta mucha vida.

Antes de morir resume todas las experiencias de aquellos años en una pregunta, que nunca había formulado al guardián. Le hace una seña para que se aproxime, pues su cuerpo rígido ya no le permite incorporarse.

El guardián se ve obligado a inclinarse mucho, porque las diferencias de estatura se han acentuado señaladamente con el tiempo, en desmedro del campesino.

—¿Qué quieres saber ahora? –pregunta el guardián—. Eres insaciable.

—Todos buscan la Ley –dice el hombre—. ¿Y cómo es que en todos los años que llevo aquí, nadie más que yo ha solicitado permiso para llegar a ella?

El guardián comprende que el hombre está a punto de expirar y le grita, para que sus oídos debilitados perciban las palabras.

—Nadie más podía entrar por aquí, porque esta entrada estaba destinada a ti solamente. Ahora cerraré.

El nuevo abogado de Franz Kafka

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Hace 91 años murió Franz Kafka. El único ser humano que, según Roberto Bolaño, contemplará el fin del mundo desde un trono de hierro.

Kafka se doctoró en derecho en 1906, ejerció un año como abogado y después trabajó en una aseguradora. Ahí, se supone y según recuerdo, es cuando comienza a escribir.

Probablemente El proceso sea la obra (tanto en en el unverso kafkiano como también dentro de la narrativa en general) que más ha sido estudiada para abordar distintos temas jurídico-filosóficos desde la literatura. De esto se ha escrito, y se ha escrito mmm no mucho, pero más de lo normal. Sin embargo, las posibilidades de la obra del nacido en Praga para nada acaban ahí. Tanto cuentos, com pasajes de otras novelas, como su misma biografía, ponen de relieve una obra con un trasfondo donde yacen un montón de cuestiones legales.

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Un ejemplo claro, relacionado de manera directa con abogacía, es el cuento “El nuevo abogado”, escrito en 1917, y que se encuentra dentro del último libro publicado en vida por Kafka Un médico rural.

Replico el relato completo, sin necesidad de algún análisis o comentario, esto porque antes que aducir algún argumento falaz que diga que el relato se cuenta solo, la verdad es que estoy usando el mismo para un trabajo que estoy haciendo. Y pues a nadie le gustan los spoilers. Solo puedo decir que, como todo lo que escribió Kafka, el relato está muy, pero muy, pinche bueno.


kafka_blacque_jacquesflickrEl nuevo abogado

Tenemos un nuevo abogado, el doctor Bucéfalo. Poco hay en su aspecto que recuerde la época en que era el caballo de batalla de Alejandro de Macedonia. Sin embargo, quien está al tanto de esa circunstancia, algo nota. Y hace poco pude ver en la entrada a un simple ordenanza que lo contemplaba con admiración, con la mirada profesional del aficionado a las carreras de caballos, mientras el doctor Bucéfalo, alzando gallardamente los muslos y haciendo resonar el mármol con sus pasos, ascendía escalón por escalón la escalinata.

En general, la Magistratura aprueba la admisión de Bucéfalo. Con asombrosa perspicacia dicen que dada la organización actual de la sociedad, Bucéfalo se encuentra en una posición un tanto difícil y que en consecuencia y considerando además su importancia dentro de la historia universal, merece por lo menos ser recibido. Hoy –nadie podrá negarlo– no hay ningún Alejandro Magno. Hay muchos que saben matar, tampoco escasea la pericia necesaria para asesinar a un amigo de un lanzazo a través de la mesa del festín; y para muchos Macedonia es demasiado reducida y maldicen en consecuencia a Filipo, el padre; pero nadie, nadie puede abrirse paso hasta la India. Aún en sus días las puertas de la India estaban fuera de todo alcance, aunque su camino fue señalado por la espada del rey. Hoy dichas puertas están en otra parte, más lejos, más alto; nadie muestra el camino; muchos llevan espadas, pero sólo para blandirlas, y la mirada que las sigue sólo consigue confundirse.

Por eso, quizás, lo mejor sea hacer lo que Bucéfalo ha hecho, sumergirse en la lectura de libros de derecho. Libre, sin que los muslos del jinete opriman sus flancos, a la tranquila luz de la lámpara, lejos del estruendo de las batallas de Alejandro, lee y relee las páginas de nuestros antiguos textos.