Monthly Archives: May 2016

Memes sobre abogados y matrimonio igualitario

Hace poquitos días, en xico, el presidente de la República, así de la nada, anunció eso que tanto le gusta anunciar, es decir anunció reformas. Reformas legales y (si se puede incluso mejor que sean) constitucionales, para seguir moviendo a México, por lo menos en un sentido normativo (ya de la realidad (que importa más bien poco) después se ocuparán otros). Esta vez es de un tema bien progre, un tanto modernete, y muy de avanzada (vamos…, que tiene buena fama), esta vez fueron reformas sobre el matrimonio igualitario. La crítica, no iría al contenido de la reforma (pues resulta bastante fácil obviar los absurdos ideales de triste inspiración moralista que todavía se oponen a estos temas), ni tampoco a la cuestión pragmática (en definitiva las batallas que enfrenta la comunidad LGTB, no están exentas de un cierto clasismo, cuyos triunfos no pueden suponerse limitados a un tema de contratos) sino a la forma, a la extraña sensación que generó el sorpresivo anuncio por parte de un gobierno que, aunque de tendencias ideológicas más bien variables, suele identificarse con el centro. Quién sabe. Me gustaría creer que los motivos que generaron la reforma se empatan con propiciar un México plural, libre y sobre todo tolerante…, pero me cuesta (mucho) trabajo creerlo. En todo caso, si me dicen que es para seguir engordado la burocracia y el sistema de justicia, quizá me parecería mucho más creíble. Pero bueno, ni este blog va sobre análisis jurídico, ni mucho menos sobre política, ni tampoco sobre mi automática falta de confianza contra cualquier cosa institucional, sino que va sobre abogados. De ahí entonces los siguientes memes sobre el tema.

sjsoeh

Los abogados especialistas en divorcios (al enterarse del matrimonio igualitario) $$$$$

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Salud por el matrimonio igualitario, de parte de todos los abogados de América.

njirn

Y nosotros los abogados recién anunciamos toda una nueva linea de productos… ¡El divorcio homosexual!

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Viñeta sobre derechos de autor y niños que quieren ser abogados

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“Bobby, dile a tu papá qué fue lo que aprendiste el día de hoy en la pre-pre-pre-pre-escuela de Derecho”


Viñetas sobre abogados.

Sistema de injusticia por Jorge Volpi

Ya casi no leo periódicos. Por ende, tampoco sigo editorialistas. Acaso Villoro y dos tres amigos y amigas que, de vez en vez, publican en prensa. Está raro, pero leer opiniones editoriales me gustaba mucho y ahora, simplemente, me parece bastante irrelevante. Quién sabe.

Ayer (por razones absurdas) dormí muy poquito, unas tres horas o quizá menos. Antes de acostarme revisé Twitter y me di cuenta que el bueno de Juan Luis Hernández Macías había tuiteado una liga a un artículo de opinión que redactó el escritor Jorge Volpi, con el siguiente comentario.

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Chingón el tuit de mi tocayo, pero a mi la palabra “obscuro” me gusta escribirla con be porque como que le imprime mayor opacidad a la misma, pero bueno, cada quién…

El caso es que me llamó la atención, lo leí, me gustó y me hizo pensar cuándo fue el momento en que conocí la obra de Volpi. No pude acordarme, pero me acordé que Volpi me gustaba, e incluso me parecía muy bueno. De él, primero leí En busca de Klingsor, que me pareció una puta joya, en definitiva lo mejor que leí de su narrativa, y luego No será la tierra, que no me desagradó, y después algunos cuentos medianamente aceptables y diversos tremendos ensayos como El insomnio de BolivarLeer la mente. Después, me acordé también de lo que pasó cuando fue jurado del polémico premio de la FIL que le otorgaron Bryce Echenique y justo me acordé que ahí le perdí la pista, pues su actitud y sus comentarios me parecieron además de malitos bastante pretenciosos. Luego leí unas críticas de Christopher Domínguez Michael sobre su obra que confirmaron que la decisión de alejarme de Volpi era sensata, y listo, nunca más volví a Volpi. Hasta el día de ayer.

Y es que al final, no es que uno siempre vuelva, sino que uno nunca termina de salir. Está bien, bueno, vamos viendo, pero está interesante, saberse deudor de sus influencias.

Yo sabía que Volpi había estudiado derecho y lo había abandonado por la literatura, pero no sabía algo más sobre dicha decisión. Y pues bueno, en el siguiente artículo publicado en el periódico REFORMA se detalla todo eso, y más. Digo y más, porque su artículo además de ser agudo también es interesante, y hasta cierto punto un poco chismoso, y por lo tanto entretenido.

No tengo mucho que decir sobre el articulo en sí, no porque no tenga algo que decir, sino porque estoy muy cansado y hoy quiero dormir más de tres horas. Pero bueno el artículo se explica solo.

Chingado, bueno, diré algo, diré que me llama la atención del mismo cuando hace referencia al libro que está escribiendo (y el cual seguramente terminaré leyendo), la crítica a la enseñanza del derecho que se realiza, y lo random que me resulta saber que este escritor trabajó con nuestro afamado constitucionalista mexicano el doctor Diego Valadés.

En cualquier caso, subrayo lo que a mi consideración es más interesante, y resalto en negritas la figura de Rolando Tamayo, pues da gusto cualquier anécdota que se sepa sobre él.

La lectura de la columna de opinión sobre la que escribo, solo es posible encontrarla si uno es suscriptor del Grupo REFORMA. Por tanto, les presto mi ejemplar.


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Cuando alguien me pregunta por qué estudié Derecho, suelo dudar o hacer un chiste, y al final confieso un error histórico que corregí con una maestría y un doctorado en Letras. Recuerdo los cinco años que pasé en la Facultad de Derecho como un desafortunado paréntesis: si bien disfruté de dos o tres materias e igual número de grandes profesores -Guillermo Floris Margadant en Derecho Romano, Ricardo Franco Guzmán en Derecho Penal o Rolando Tamayo en Filosofía del Derecho-, el resto me pareció una pérdida de tiempo: aulas atestadas, a veces con 200 alumnos, y la obligación de aprender de memoria leyes y códigos que la mayor parte de las veces no se cumplen o se cumplen sólo para unos cuantos.

Si bien desde la preparatoria había decidido convertirme en escritor -gracias al influjo de mis amigos Eloy Urroz e Ignacio Padilla-, me dejé convencer por mis padres, mis maestros y mis propios miedos de que era mejor estudiar una profesión previsiblemente lucrativa y dejar a la literatura como un placer culpable. La presión gremial tuvo mucho que ver: de los 50 alumnos del área 4, la de Ciencias Sociales en el CUM, 35 estudiamos Derecho en la UNAM pese a que nuestras vocaciones divergieran de la política a la música y del cine a la filosofía.

Un periodo más tenebroso -y fascinante- se abrió para mí durante los tres años que trabajé en las procuradurías General de Justicia del Distrito Federal y General de la República al lado de Diego Valadés. A diferencia de lo que ocurría en la Facultad, donde en el fondo maestros y alumnos sabíamos que en México la teoría jurídica jamás se corresponde con los hechos, en estas instituciones tuve la oportunidad de atestiguar no sólo las escasas virtudes y los incontables vicios de nuestro ámbito criminal, sino un concentrado del país con todos sus contrastes. Para un escritor en ciernes constituyó una oportunidad invaluable que muy pocos de mis pares han tenido: observar la realidad de primera mano.

Tras la renuncia de Valadés a la PGR en mayo de 1994, ese “año que vivimos en peligro”, mi lejanía del Derecho se acentuó hasta que lo abandoné por completo. Las leyes y los códigos se volvieron tan nebulosos para mí como para cualquier ciudadano que no tiene que lidiar en tribunales. Veinticinco años después de presentar mi examen profesional (con una extravagante tesis sobre Michel Foucault), he vuelto a sumergirme en mi pasado. Desde hace varios meses investigo un caso criminal con la idea de escribir un libro de no ficción: esta tarea no sólo me ha llevado a examinar detenidamente las miles de páginas del expediente, sino a recorrer de nuevo los laberintos de nuestro orden jurídico.

Si aún no puedo hacerme un juicio definitivo sobre el caso que me ocupa, he podido constatar en cambio lo que a muchos abogados les parecerá una rutina ineludible. Al revisar no tanto nuestra legislación penal, que no difiere tanto de otras tradiciones, sino nuestros procedimientos penales, resulta imposible no darse cuenta de sus incontables defectos. Muchos piensan que el mayor problema de nuestro sistema de justicia se halla en la corrupción, pero antes tendríamos que reconocer la propia perversidad de su arquitectura.

Más que descalificar el sistema por ineficaz, habría que resaltar su absoluta eficacia, si se entiende que fue diseñado para garantizar que los poderosos queden siempre impunes, que quienes los perturban no tengan modo de defensa y, en medio de ello, miles de inocentes terminen en la cárcel. Con su preferencia por la argumentación escrita, que sólo acentúa el papeleo burocrático -y alarga al infinito los procesos-, su entronización de las confesiones -que alienta la tortura, casi ineludible- y la falta de transparencia en sus prácticas, todo funciona para que la verdad quede sepultada bajo los intereses económicos o políticos.

Si a ello se suma la corrupción, presente en cada fase de un proceso, desde la denuncia y la averiguación previa hasta las raras ocasiones en que se llega a una sentencia, el desastre es mayúsculo. A este marco sólo hacía falta añadirle la violencia de la guerra contra el narco para asegurarse de que el caos se tornase sobrecogedor. Tras leer las miles de páginas de mi expediente (en un español macarrónico), la necesidad de imponer los juicios orales se torna obvia: éstos quizás no eliminen todos los problemas, pero al menos limitarán las peores aristas de un sistema concebido para preservar la injusticia.

Making a Murderer, una serie-documental que ojalá no lo fuera

Por recomendación primero de Lila Miller y después de Carlos Asúnsolo, hace más o menos como un mes, me puse a ver la serie-documental Making a Murderer. La verdad es que me gustó mucho, del verbo un chingo, mmm más bien, del verbo “hace-demasiado-que-no-me-emocionaba-tanto-por-algo”, de ahí que cuando la finalicé, me puse a escribir sobre la misma para mis colaboraciones mensuales en Borde Jurídico. Ahora, a falta de tiempo, ideas, y espacio, replico aquí en mi blog lo ahí publicado, solo que con imágenes y colorines.

Tres cosas antes del artículo:

  • Sobra decir que la recomiendo ampliamente tanto para abogados como para no abogados.
  • Simple y sencillamente, después de The Good Wife es lo mejor que he visto en series jurídicas.
  • Agradecer a Lila y a Charly por su atinada recomendación.

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1. Ver y no creer
El dicho que postula que “la realidad ha superado la ficción” no solo encierra una idea que claudica cualquier posibilidad por imaginar alternativas divergentes, sino, y sobre todo, confunde y difumina los parámetros establecidos entre normalidad y desvarío.

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Making a Murderer (MAM) no es una ficción, ni tampoco una serie basada en hechos reales, es la historia de una persona condensada en diez capítulos, es una producción que documenta por más de diez años el proceso jurídico de un individuo ante el sistema de justicia estadounidense. Es un relato tan real que parece simulado, y tan injusto que resulta verás.

La perturbadora serie documental de Netflix, estrenada durante diciembre de 2015 y dirigida por Moira Demos y Laura Ricciardi, presenta uno de los mejores trabajos que se han realizado al momento de trasladar cuestiones jurídicas a productos audiovisuales.

La desazón inicial que genera el seguir a lo largo de los años a una serie de protagonistas (cuyos papeles parecen estar confeccionados a la medida) dentro de un abstruso sistema legal, se transmuta de forma veloz en suspicacia, para finalizar descreyendo por completo de cualquier involucrado en la trama. Machado afirmó en sus poemas que la fe no consiste en creer sin ver, sino en creer que se ve. Después de estar atento a lo que sucede en MAM, a pesar de que uno quiere creer (en el derecho, en la justicia), lo que se ve, simple y sencillamente, no se puede creer.

Cuando el derecho se empeña en la creación de realidades a través de ficciones, de artificiosos discursos cuyas pretensiones se orientan hacia un imaginario colectivo (que a la vez, resulta tan veraz como tramposo), la justicia se vuelve inerte y la seguridad jurídica se torna confusa.

2. La historia de Steven Avery
MAM ocurre en la Norteamérica profunda (en Manitowoc, Wisconsin, pueblo con alrededor de 33.000 habitantes) y sigue la historia de Steven Avery, un tipo que injustamente pasó en prisión más de dieciocho años por un supuesto abuso sexual que, años después, se comprobó nunca cometió. En 2003, ya estando libre, este individuo y diversos colectivos que lo auxilian emprenden acciones tendientes hacia la justiciabilidad y exigibilidad de sus derechos violados en el pasado.

imgresEstos hechos parecerían suficientes para la construcción de un relato interesante que exponga de forma fehaciente la manera en que un Estado ventajoso, miope y populista, cristalizado a través de sus torpes funcionarios judiciales y administrativos, priva a uno de sus ciudadanos más vulnerables. Sin embargo, la historia justo comienza allí… En 2006, cuando Steven Avery, al tiempo de ganar una jugosa demanda civil por daños, es nuevamente acusado pero esta vez por cometer el brutal homicidio de una joven fotógrafa llamada Teresa Halbach, cuyos restos se descubren enterrados cerca de la vivienda del protagonista del caso.

Todo esto que se relata solo ocurre durante el primer capítulo de la serie-documental, pues los procesos jurídicos que a partir de ahí se desembocan es lo que desarrolla el contenido de la misma.

Parecería entonces que el argumento de esta producción no sería más que el de otra lúgubre serie para abogados, pero no es así, y de ahí sus importantes repercusiones y también su amplia popularidad, pues los giros, los personajes que van apareciendo, pero sobre todo lo sorprendentemente rígido y obtuso que puede llegar a ser un sistema de justicia es lo que le imprime un sello narrativo bastante peculiar a MAM.

Pues, a manera de “thriller jurídico” —por llamarlo de algún modo—, las desventuras de Avery, lamentablemente, se convierten en el entretenimiento de miles de personas. Su infortunada vida se combina con la malicia y desconfianza no solo de las personas que laboran para el Estado, sino también de todo una comunidad.

3. Tiempos violentos
A pesar de que algunos han dicho que la serie-documental parece un tanto tendenciosa a favor de Avery, y si bien es cierto que quizá la duda ronde eternamente sobre la muerte de Teresa Halbach, también lo es que resulta bastante difícil no sentir empatía por la familia del protagonista de MAM, sobre todo, por los estragos que el paso de los años genera en sus vidas. Lo lánguido e inasequible que conlleva el desarrollo de un proceso jurídico es tan fatal como demoledor para las personas que aunque no son propiamente parte del mismo, sufren sus consecuencias.

Juzgar es un acto violento que nunca se realiza en lo individual. Muchas veces quienes componen al aparato jurisdiccional olvidan que no deciden sobre la vida de una persona en concreto, sino que detrás de la misma existen otras muchas que a la vez afectan con sus veredictos.

El tiempo es un factor determinante para descubrir lo ruin y chantajista que puede llegar a ser un sistema de justicia que se jacta de expedito y accesible.

4. Dean Strang y Jerry Buting, los Atticus Finch que estábamos esperando
La mala fama que caracteriza a los abogados obedece, en gran medida, a esa premisa que postula a esta profesión como la profesión liberal por excelencia, como un oficio guiado por la avaricia y la arrogancia, donde la empatía por las personas que requieren sus servicios, y la diligencia en su trabajo, pasa a segundo término frente a las ambiciones por obtener (cueste lo que cueste) un fallo favorable y las exigencias técnicas del sistema.

Screen Shot 2016-05-08 at 2.35.12 PMEl rol que juegan Dean Strang y Jerry Buting, defensores de Steven Avery, evoca al de Atticus Finch, protagonista de To kill a Mockingbird (Matar a un ruiseñor). Este abogado, imaginado por Harper Lee en 1960, viene a encarnar no solo las principales virtudes de lo que debería ser un buen profesional del derecho, sino también un gran ser humano. Al ser un modesto abogado de un pequeño poblado ficticio denominado Maycomb (que se ha identificado con Monroeville, Alabama), el carácter íntegro, honesto, e independiente de Finch sobresale al momento en que defiende a un negro acusado de violar a una joven blanca, hija del borracho del pueblo, ante un jurado compuesto por doce personas blancas.

Strang y Buting despliegan una defensa precisa, inteligente, pero sobre todo sensata. Un trabajo que bien vale la pena difundir, porque lejos de las actuaciones absurdamente tendenciosas de otros abogados en el mismo proceso que documenta MAM, estos conjugan la compleja ambivalencia de la profesión forense fungiendo, por un lado, como vehementes defensores de los intereses del particular y, por el otro, operado como auxiliares del sistema, contribuyendo a la construcción de instituciones sólidas y confiables.

Y aunque se podría aducir que Dean Strang y Jerry Buting, a diferencia de Atticus Finch, no son abogados que ejercen la defensa de oficio, es importante mencionar que gran parte de su trabajo no solo rebasa de sobremanera lo exigido por el caso, sino que también devela un absoluto involucramiento en el mismo que pone de manifiesto lo complicado que resulta distinguir entre cuestiones estrictamente profesionales y personales.

Una de las mayores aportaciones de MAM a la cultura jurídica en general es el visibilizar la existencia de un prototipo de abogado que no suele ser muy común en nuestros tiempos, de un modelo de litigante que reconstruye la desarraigada idea del aspecto social en el ejercicio forense, al tiempo que rompe con la inercia mecanicista dentro de esta vilipendiada profesión.

5. Música por Gustavo Santaolalla
sl04fo06Un elemento crucial que quizá ha pasado un poco desapercibido frente a la exitosa narrativa, y repercusiones en el ámbito jurídico, de MAM se encuentran en su música, a cargo de Gustavo Santaolalla. Siendo uno de los más afamados compositores y productores de los últimos tiempos, el dos veces ganador del premio Oscar dota de un particular sello sonoro que, desde hace ya algún tiempo, suele caracterizar a sus obras. Conocido ampliamente en México por sus trabajo con grupos emblemáticos del rock nacional, como Caifanes y Café Tacvba, Santaolalla, a través de sus composiciones para esta producción de Netflix, evoca a algunos de sus mejores trabajos realizados en las películas de Alejandro González Iñárritu, pues transmite una especie de fusión entre la otredad y desasosiego que solo puede configurar, y empatizar a la perfección, alguien que fue víctima de censura durante la dictadura de Videla en Argentina, alguien que conoce de primera mano lo absurdos y lo injustos que pueden llegar a ser los sistemas estatales.

6. Más allá de las imágenes, a vueltas con Presunto Culpable
Antes que aducir que lo ocurrido en MAM puede categorizarse dentro de una geografía concreta, o bien empatarse con las caracterizaciones de un determinado sistema jurisdiccional, dicha producción muestra puntos en común sobre el anticuado funcionamiento de los procesos jurídicos y la impartición de justicia en general.

presunto_culpable_posterEn México, hace ya algunos años, el documental Presunto Culpable, ideado por Layda Negrete y Roberto Hernández, puso de relieve (en igual sentido que MAM) lo irrazonable que puede llegar a ser el proceso y la resolución de un caso ante tribunales. Más allá de los premios y las críticas al largometraje documental más taquillero en la historia del cine mexicano, lo que resulta increíble con Presunto Culpable es el vodevil jurídico al que se tuvo que enfrentar una vez estrenado. Las demandas y procesos judiciales en su contra, no solo posibilitan la realización de un metadocumental que narre el inverosímil desarrollo posterior del documental en tribunales, sino que también revelan el enorme potencial que guarda el contenido audiovisual para denunciar injusticias y comunicar ideas sobre una concepción del derecho.

Al final de cuentas, este tipo de producciones pueden ser contempladas como una forma de protesta, de incordiar a un sistema anacrónico donde la persona es lo que menos importa. Sus repercusiones van más allá de la sala de cine o la televisión, sus consecuencias llegan a cimbrar una sociedad que se encuentra cansada de quienes detentan el poder lo ejerciten de forma distante e ininteligible.

En el caso de MAM, hasta la oficina del presidente de los Estados Unidos, se ha tenido que pronunciar sobre el cuestionado proceso jurisdiccional de Steve Avery después de que se generara una iniciativa pidiendo en indulto del involucrado (la cual, al día de hoy, cuenta con 526.897 firmantes). Y aunque Barack Obama ha respondido que la concesión de indultos y perdones para el presente caso no se encuentra dentro de sus facultades, debido a la naturaleza estatal, no cabe duda de la incidencia que se ha producido a partir de la emisión de la serie-documental, esto, tanto es así, que actualmente una afamada abogada que conoció lo sucedido ha comenzado a recabar pruebas e información para solicitar la reposición del proceso y buscar otras alternativas para Avery y los suyos.

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Meme iusnaturalismo vs. iuspositivismo (a propósito del estreno de Civil War)

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