Sistema de injusticia por Jorge Volpi

Ya casi no leo periódicos. Por ende, tampoco sigo editorialistas. Acaso Villoro y dos tres amigos y amigas que, de vez en vez, publican en prensa. Está raro, pero leer opiniones editoriales me gustaba mucho y ahora, simplemente, me parece bastante irrelevante. Quién sabe.

Ayer (por razones absurdas) dormí muy poquito, unas tres horas o quizá menos. Antes de acostarme revisé Twitter y me di cuenta que el bueno de Juan Luis Hernández Macías había tuiteado una liga a un artículo de opinión que redactó el escritor Jorge Volpi, con el siguiente comentario.

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Chingón el tuit de mi tocayo, pero a mi la palabra “obscuro” me gusta escribirla con be porque como que le imprime mayor opacidad a la misma, pero bueno, cada quién…

El caso es que me llamó la atención, lo leí, me gustó y me hizo pensar cuándo fue el momento en que conocí la obra de Volpi. No pude acordarme, pero me acordé que Volpi me gustaba, e incluso me parecía muy bueno. De él, primero leí En busca de Klingsor, que me pareció una puta joya, en definitiva lo mejor que leí de su narrativa, y luego No será la tierra, que no me desagradó, y después algunos cuentos medianamente aceptables y diversos tremendos ensayos como El insomnio de BolivarLeer la mente. Después, me acordé también de lo que pasó cuando fue jurado del polémico premio de la FIL que le otorgaron Bryce Echenique y justo me acordé que ahí le perdí la pista, pues su actitud y sus comentarios me parecieron además de malitos bastante pretenciosos. Luego leí unas críticas de Christopher Domínguez Michael sobre su obra que confirmaron que la decisión de alejarme de Volpi era sensata, y listo, nunca más volví a Volpi. Hasta el día de ayer.

Y es que al final, no es que uno siempre vuelva, sino que uno nunca termina de salir. Está bien, bueno, vamos viendo, pero está interesante, saberse deudor de sus influencias.

Yo sabía que Volpi había estudiado derecho y lo había abandonado por la literatura, pero no sabía algo más sobre dicha decisión. Y pues bueno, en el siguiente artículo publicado en el periódico REFORMA se detalla todo eso, y más. Digo y más, porque su artículo además de ser agudo también es interesante, y hasta cierto punto un poco chismoso, y por lo tanto entretenido.

No tengo mucho que decir sobre el articulo en sí, no porque no tenga algo que decir, sino porque estoy muy cansado y hoy quiero dormir más de tres horas. Pero bueno el artículo se explica solo.

Chingado, bueno, diré algo, diré que me llama la atención del mismo cuando hace referencia al libro que está escribiendo (y el cual seguramente terminaré leyendo), la crítica a la enseñanza del derecho que se realiza, y lo random que me resulta saber que este escritor trabajó con nuestro afamado constitucionalista mexicano el doctor Diego Valadés.

En cualquier caso, subrayo lo que a mi consideración es más interesante, y resalto en negritas la figura de Rolando Tamayo, pues da gusto cualquier anécdota que se sepa sobre él.

La lectura de la columna de opinión sobre la que escribo, solo es posible encontrarla si uno es suscriptor del Grupo REFORMA. Por tanto, les presto mi ejemplar.


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Cuando alguien me pregunta por qué estudié Derecho, suelo dudar o hacer un chiste, y al final confieso un error histórico que corregí con una maestría y un doctorado en Letras. Recuerdo los cinco años que pasé en la Facultad de Derecho como un desafortunado paréntesis: si bien disfruté de dos o tres materias e igual número de grandes profesores -Guillermo Floris Margadant en Derecho Romano, Ricardo Franco Guzmán en Derecho Penal o Rolando Tamayo en Filosofía del Derecho-, el resto me pareció una pérdida de tiempo: aulas atestadas, a veces con 200 alumnos, y la obligación de aprender de memoria leyes y códigos que la mayor parte de las veces no se cumplen o se cumplen sólo para unos cuantos.

Si bien desde la preparatoria había decidido convertirme en escritor -gracias al influjo de mis amigos Eloy Urroz e Ignacio Padilla-, me dejé convencer por mis padres, mis maestros y mis propios miedos de que era mejor estudiar una profesión previsiblemente lucrativa y dejar a la literatura como un placer culpable. La presión gremial tuvo mucho que ver: de los 50 alumnos del área 4, la de Ciencias Sociales en el CUM, 35 estudiamos Derecho en la UNAM pese a que nuestras vocaciones divergieran de la política a la música y del cine a la filosofía.

Un periodo más tenebroso -y fascinante- se abrió para mí durante los tres años que trabajé en las procuradurías General de Justicia del Distrito Federal y General de la República al lado de Diego Valadés. A diferencia de lo que ocurría en la Facultad, donde en el fondo maestros y alumnos sabíamos que en México la teoría jurídica jamás se corresponde con los hechos, en estas instituciones tuve la oportunidad de atestiguar no sólo las escasas virtudes y los incontables vicios de nuestro ámbito criminal, sino un concentrado del país con todos sus contrastes. Para un escritor en ciernes constituyó una oportunidad invaluable que muy pocos de mis pares han tenido: observar la realidad de primera mano.

Tras la renuncia de Valadés a la PGR en mayo de 1994, ese “año que vivimos en peligro”, mi lejanía del Derecho se acentuó hasta que lo abandoné por completo. Las leyes y los códigos se volvieron tan nebulosos para mí como para cualquier ciudadano que no tiene que lidiar en tribunales. Veinticinco años después de presentar mi examen profesional (con una extravagante tesis sobre Michel Foucault), he vuelto a sumergirme en mi pasado. Desde hace varios meses investigo un caso criminal con la idea de escribir un libro de no ficción: esta tarea no sólo me ha llevado a examinar detenidamente las miles de páginas del expediente, sino a recorrer de nuevo los laberintos de nuestro orden jurídico.

Si aún no puedo hacerme un juicio definitivo sobre el caso que me ocupa, he podido constatar en cambio lo que a muchos abogados les parecerá una rutina ineludible. Al revisar no tanto nuestra legislación penal, que no difiere tanto de otras tradiciones, sino nuestros procedimientos penales, resulta imposible no darse cuenta de sus incontables defectos. Muchos piensan que el mayor problema de nuestro sistema de justicia se halla en la corrupción, pero antes tendríamos que reconocer la propia perversidad de su arquitectura.

Más que descalificar el sistema por ineficaz, habría que resaltar su absoluta eficacia, si se entiende que fue diseñado para garantizar que los poderosos queden siempre impunes, que quienes los perturban no tengan modo de defensa y, en medio de ello, miles de inocentes terminen en la cárcel. Con su preferencia por la argumentación escrita, que sólo acentúa el papeleo burocrático -y alarga al infinito los procesos-, su entronización de las confesiones -que alienta la tortura, casi ineludible- y la falta de transparencia en sus prácticas, todo funciona para que la verdad quede sepultada bajo los intereses económicos o políticos.

Si a ello se suma la corrupción, presente en cada fase de un proceso, desde la denuncia y la averiguación previa hasta las raras ocasiones en que se llega a una sentencia, el desastre es mayúsculo. A este marco sólo hacía falta añadirle la violencia de la guerra contra el narco para asegurarse de que el caos se tornase sobrecogedor. Tras leer las miles de páginas de mi expediente (en un español macarrónico), la necesidad de imponer los juicios orales se torna obvia: éstos quizás no eliminen todos los problemas, pero al menos limitarán las peores aristas de un sistema concebido para preservar la injusticia.

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