Avena Quaker, H. L. A. Hart, y magdalenas

41wyAFzd3tL._SX309_BO1,204,203,200_Estoy leyendo “A Life of H. L. A. Hart – The Nightmare and the Noble Dream”, la biografía sobre el afamado iuslósofo inglés H. L. A. Hart, escrita por la profesora de Teoría Jurídica de la London School of Economics, Nicola Lacey.

Hay muchos, pero demasiadas, datos y anécdotas bien interesantes, bien densos y bien bonitos sobre la vida de Herbert Lionel Adolphus. Cuestiones muy cabronas que tal vez, pero solo tal vez, así puedan explicar no solo la composición de sus teorías sino el porqué de las mismas.

Yo, claramente, comparto esa idea de que resulta difícil explicar una obra sin su contexto, es decir, me cuesta trabajo entender a un autor sin saber, más o menos, qué vivió dicho autor. En general, la biografía gustó, pero unos cuantos se quejaron de que es demasiado íntima y que revela cosas que están demás para comprender al gran personaje que fue Hart. Yo discrepo. Lo que llevo leído me parece bien pertinente y sobre todo construido a partir de una narrativa bastante entretenida. Hace unas semanas que estaba investigando sobre Eduardo García Máynez, me encontré un par de trabajos donde (según esto por respeto) los autores se excusaban de presentar detalles biográficos de dicho filósofo mexicano, debido a que el mismo nunca quiso, ni le interesó, combinar su vida privada con su trabajo intelectual. Cada quién, pero sinceramente, no encuentro que no exista correlación entre ambas facetas, las cuales antes de ser excluyentes, son más bien complementarias. En fin.

imgres-1Lo que llevo leído de la biografía de Hart, ya me da para hacer una lista de random facts sobre el mismo. ¡Tremendo! Desde su afición a la caza, la relación con su mujer, sus múltiples trabajos (resalta cuando fue parte de los servicios de inteligencia durante la Segunda Guerra), pasando por sus preferencias sexuales, el doctorado que le otorgó la UNAM (¿?), la grave depresión que sufrió al final de su vida, hasta su faceta más política involucrándose en organizaciones no gubernamentales, como Greenpeace y Amnistía.

Vale la pena transcribir una frase, sobre su mayor obra The Concept of Law, que le dijo Hart a William Twining cuando se conocieron: “Estaré feliz de hablar sobre cualquier tema contigo, siempre y cuando no sea sobre ese desdichado libro”.


Me centro en sus gustos literarios, los cuales al final de su vida, por su delicado estado de salud, pudo dedicarles más tiempo. De hecho, según su biógrafa, cuentan quienes conocieron a Hart que recomendarle un libro era dificilísimo porque antes ya lo había leído todo.

Dentro de sus “clásicos” preferidos resaltan: Dickens, Austen, James, Eliot, Yeats, Hardy, Shelley. Contemporáneos solo se mencionan dos: Nadine Gordimer y Richard Holmes.

Extrañamente no se menciona en la biografía, pero Proust era otro de los predilectos de Hart. Tanto así que cada 10 años leía completo En busca del tiempo perdido. Sí, completo. Las 7 novelas que conforman uno de los proyectos literarios más grandes del siglo XX. ¡CASI TRES MIL PÁGINAS!

Yo, sinceramente, no he podido con el francés. De hecho, no conozco a mucha gente que haya podido con dicha empresa. Sin embargo, por poser, naif y fantonche, alguna vez aprovechando algún taller literario que tomé, estudié lo de la famosa “magdalena de Proust”, ahora en terminología hipster “el muffin de Proust”.

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Una transcripción, que estoy seguro, no es fiable, pero sirve, es la siguiente:

En el mismo instante en que ese sorbo de té mezclado con sabor a pastel tocó mi paladar… el recuerdo se hizo presente… Era el mismo sabor de aquella magdalena que mi tía me daba los sábados por la mañana. Tan pronto como reconocí los sabores de aquella magdalena… apareció la casa gris y su fachada, y con la casa la ciudad, la plaza a la que se me enviaba antes del mediodía, las calles…

De qué va esta parte de la novela de En busca del tiempo perdido, precisamente, de eso. Del tiempo, de la memoria, de evocar y recordar, que no es lo mismo pero es parecido. De la conjunción física y mental que uno puedes llegar a asociar.

En fin, o sea, pésima mi descripción de la escena de la magdalena proustiana, que me delata como alguien que no ha leído dicha obra. Pero bueno, traigo esto a juego, porque en otro libro sobre el legado de Hart, el filósofo John Finnis (quien precisamente relata lo de Hart sobre la lectura por décadas de Proust), menciona algo muy curioso pero bien revelador, que es el motivo del porqué Herbert Lionel Adolphus Hart se interesó por la filosofía desde temprana edad.

La respuesta: Un paquete de cereales de avena para el desayuno.

No es broma. Según cuenta Finnis, desde la década de 1890 los paquetes de avena Quaker tenían dibujado un robusto y típico cuáquero sosteniendo un paquete de avena Quaker que tenía dibujado un robusto y típico cuáquero sosteniendo un paquete de avena Qualer… y así hasta el infinito.

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Al parecer así era, o algo así, la etiqueta a la que hace referencia la anécdota.

Poco es sabido pero existen trabajos hartianos sobre leyes autorreferenciales, que a la vez se complementan con la popular distinción entre el punto de vista interno y el punto de vista externo.

A mi la anécdota me parece fantástica, y la relación entre la lectura de Proust y el paquete de cereal de avena más que manifiesta.

Nos negamos a darle importancia a pequeñas cosas que terminan definiendo el rumbo de nuestras vidas.

P.D. No se burlen de aquellos que desayunan leyendo la caja del cereal.

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One response to “Avena Quaker, H. L. A. Hart, y magdalenas

  1. Excelente. Me ha encantado esta entrada.

    Dos cosas, dos: de lo que leí, parece que a Hart le pasó lo que a Zagrebelsky con su Derecho dúctil (aunque no sé si por las mismas razones).

    La descripción de lo de la magdalena de Proust, creo que puede ilustrarse con el ratatouille de Anton Ego.

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